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HISTORIAS DE VIDA
Así relatan los migrantes la odisea de cruzar al «otro lado»
Por Gilberto Hernández García
«Dios siempre estuvo conmigo», es una frase muy usada por los migrantes a la hora de relatar la odisea que viven al ir tras el sueño americano. Aunque esa presencia divina no implique necesariamente que crucen con éxito la frontera. Salir con vida es el verdadero milagro.
Marvin y José, cuando decidieron emprender el viaje desde su natal Honduras, no imaginaron los sufrimientos que pasarían para llegar a «los Estados» y enviar «muchos dólares» a la familia.
Cuatro asaltos en un día
Los jóvenes entraron a México por Ciudad Hidalgo, Chiapas, luego de varios días en Tecún Umán, Guatemala. En la frontera mexicana la policía municipal les dio la bienvenida con una extorsión. Intentaron llegar «de aventón» a Tapachula, pero antes de entrar a la ciudad, los dos hombres «acomedidos», machetes en mano, los llevaron a la montaña y los despojaron del poco dinero que llevaban. «Me puse nervioso, sentí que nos iban a matar», dice José. Los dejaron ir, caminaron varias horas y un poco más adelante los asaltaron de nueva cuenta, pero esta vez lo hicieron unos adolescentes; como ya no traían dinero les quitaron los zapatos y alguna ropa. En un pueblo les regalaron un suéter y unas sandalias, pero al poco tiempo los volvieron a asaltar. «Cuatro veces en un día», dice Marvin.
Una semana después, de madrugada, llegaron a Lechería, estado de México, para abordar el ferrocarril rumbo a San Luis Potosí; mientras partían durmieron en una lomería cercana; no llevaban agua ni alimentos. «Me temblaban las quijadas por el frío», recuerda José, y añade: «Lo peor de todo es que el tren no iba a San Luis sino a Tampico».
La esperanza pegada al pellejo
Después de recomponer el camino, llegaron a la frontera, casi después de un mes de haber salido de Centroamérica. En Ciudad Juárez se escondieron en un parque, esperando, como muchos otros, que cayera la noche para poder cruzar. Llegó la hora de meterse al río. José tocó el agua y la encontró tremendamente fría. Ya se veían las patrullas de la migra, buscando «pollos». José tuvo que reconocer que no tenía valor y pidió a su compañero que se lanzara él si quería.
Por fortuna, algunos metros delante de ese punto encontraron una costalera dispuesta a manera de puente. Por ahí cruzaron. «Para escondernos de los vigilantes gringos tuvimos que arrastrarnos como culebras», dice Marvin. «Dios estuvo con nosotros; gracias a Él no nos encontraron».
Sin embargo, unas horas después, cuando se dirigían a Brownsville, los interceptó una patrulla. «Nos tiramos al suelo pero fue imposible escapar porque luego llegó otra patrulla, y como andábamos débiles no pudimos correr. Nos llevaron a la cárcel, pero como dijimos que éramos mexicanos, nos dejaron en México, aunque ahí también nos pescaron y nos mandaron a la estación migratoria de Iztapalapa».
Deportados a Guatemala días después, llegaron a la Casa del Migrante de Tecún Umán, donde han estado ya varias veces, recuperándose para intentar, una vez más, el viaje al Norte. «Esta vez sí vamos a llegar; por eso Dios nos conservó la vida», aseguran. |