|
Aquella carrera que nos hizo comprender más quiénes somos
La Tierra es el único «planeta doble» del sistema solar, el único con un satélite que tiene un tamaño comparable a sus dimensiones.
El hombre, desde la prehistoria, ha podido disfrutar de una lámpara nocturna y ha podido ejercer su imaginación preguntándose por la naturaleza de ese misterioso globo iluminado de formas diferentes. La Luna es lo suficientemente grande y cercana para que a simple vista se pueda discernir cierta estructura en su superficie. Sin una Luna grande y cercana probablemente no estaríamos aquí. De hecho, su presencia garantiza a la Tierra la estabilidad de inclinación del eje de rotación, una condición necesaria para la estabilidad del clima en los miles de millones de años que son necesarios para la evolución biológica.
Pero hay otra consecuencia: es un gran satélite vecino y está a nuestro alcance. La Luna tiene una masa que permite caminar sobre ella y está a una distancia —380 mil kilómetros— que no es prohibitiva. Ya en los años 60, cuando el sueño se hizo realidad, un viejo Volvo recorría la distancia que nos separaba de la Luna, y no digamos un avión de pasajeros. Pero la distancia no lo es todo, y el reto fue muy arduo. La fiabilidad de los lanzadores, el cálculo de la velocidad óptima para salir del campo gravitacional de la Tierra, la desaceleración para aterrizar suavemente sobre la superficie lunar, la liberación del módulo lunar y la vuelta a la nave nodriza, la trayectoria de reentrada y un sinnúmero de otras cuestiones fundamentales que se abordaron por primera vez... fue una empresa absolutamente extraordinaria. Y, ¡qué emocionante la primera huella humana sobre la tierra de un suelo extraterrestre y la visión de la esfera azul de la Tierra! Imágenes que reflejan toda la fragilidad y la grandeza del hombre. Un punto de no retorno.
La conquista de la Luna fue una competición económica, tecnológica y, sobre todo, política. En los años 60, en medio de la guerra fría, estaba en juego la supremacía de los Estados Unidos o de la Unión Soviética. En 1957 la URSS cogió por sorpresa a los estadounidenses con el lanzamiento del Sputnik-1, el primer satélite en órbita alrededor de la Tierra. Y sólo dos años después obtiene, con la sonda Luna-2, las primeras imágenes de la cara oculta de nuestro satélite. Se lanzó el reto. La Luna se convirtió en una cuestión de prestigio, algo simbólico, una señal de la supremacía planetaria.
Las razones no eran, por tanto, científicas. Después de todo, ¿por qué tras 40 años no se ha vuelto? Desde el punto de vista de los conocimientos, enviar algunos hombres a caminar sobre la Luna no aporta mucho de nuevo. Después de la primera empresa histórica del Apolo 11, las otras cinco expediciones lunares no tuvieron mucho eco (aparte de la dramática aventura del Apolo 13). Una vez plantada la bandera estadounidense, en los últimos 40 años nadie ha propuesto seriamente regresar. El programa Apolo dio un enorme impulso a las nuevas tecnologías y la informática, con extraordinarias consecuencias en el campo civil y militar. Pero se hizo claro que la Luna, el más cercano compañero de la Tierra, es un lugar muy inhóspito.
Hoy en día los países emergentes, especialmente China, están estudiando la posibilidad de un programa humano en la Luna. La NASA tiene intención de responder con la propuesta de una base lunar permanente. ¿Pero realmente merece la pena?
Inmediatamente después de la conquista de la Luna, muchos expertos predijeron que «en 2000» el hombre llegaría a Marte, Venus o quizás otros planetas. Estamos casi en 2010. No sólo nada de eso ha sucedido sino que, además, nos hemos retirado educadamente incluso de la Luna. No es por falta de coraje o ingenio, sino porque somos más conscientes de cómo están las cosas. Conseguir que el hombre sobreviva durante tiempo en el espacio es muy difícil y costoso, y por ahora no añade mucho a nuestro conocimiento. Es deseable que este sano realismo aumente y que en los próximos decenios se favorezca el desarrollo de satélites y dispositivos robóticos capaces de realizar un estudio profundo del Universo, el sistema solar y la Tierra. Nuestra Tierra, el gemelo grande del planeta doble, que desde el 20 de julio de 1969 se nos presenta cada vez más como una verdadera joya del universo. |