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La desagradable extensión y proliferación actual de las sectas religiosas y de los grupos «espirituales» de varias denominaciones no deja de ser un fenómeno preocupante.
Por el padre Umberto Marsich, m.x.
La desagradable extensión y proliferación actual de las sectas religiosas y de los grupos «espirituales» de varias denominaciones no deja de ser un fenómeno preocupante. Se trata de algo muy complejo y con severas y devastadoras implicaciones en el tejido social y en la convivencia humana. Además, desquician la esencia antropológica misma de la religiosidad del hombre. Éste, naturalmente religioso, a lo largo de su existencia y en concomitancia con su desarrollo integral de persona, busca espontáneamente aquellas respuestas que lo puedan llenar de sentido; que le den seguridades y que lo proyecten más allá de la muerte.
Sectas religiosas y extravío humano
Las preguntas últimas y misteriosas acerca de la felicidad, vida y muerte están en el corazón de todos. Sin embargo, las nuevas y angustiosas condiciones sociales de vida inducen a buscar por todos lados «agarraderas» emocionales. Las respuestas de las religiones históricamente tradicionales, por un sinnúmero de razones, ya no satisfacen al hombre contemporáneo y parecen haber perdido credibilidad. Los hombres, hoy, no saben esperar, y la impaciencia los impulsa a fabricarse, a como dé lugar, respuestas rápidas e inmediatas que generen gratificaciones emocionales, que alimenten esperanzas de corto plazo y que no compliquen tanto su vida moral. Especialmente en el campo de la sexualidad, el amor, la procreación y el matrimonio.
El consumismo religioso
La sociedad consumista, que ofrece en los supermercados urbanos, genialmente diseñados, todo tipo de productos que responden con inmediatez a sus necesidades, ha puesto en los mercados también sus productos «religiosos»: imágenes esotéricas, amuletos prometedores de bienestar físico, oraciones liberadoras de todo mal, y cultos seductores y descabellados a la «santa muerte». La lógica de la oferta y la demanda, en efecto, ha hecho irrupción también en el mundo de la religión. La siempre más urgente exigencia de liberación inmediata de las enfermedades físicas y psíquicas, de adquisición de poder económico y éxitos eróticos y profesionales sigue inspirando a gente sin escrúpulo para dar vida a «movimientos religiosos» que, con predicaciones apocalípticas y argumentaciones mesiánicas, convencen, arrastran y explotan sin piedad la buena fe de la gente común. En línea con la rentabilidad, que caracteriza todo negocio, los nuevos profetas construyen templos apabullantes, prometen paraísos artificiales, fustigan a quienes no se desprenden de sus bienes materiales y crecen, así, milagrosamente. No son pocos los cristianos que, por ignorancia y desesperanza, acceden a aceptar estas nuevas propuestas religiosas.
La crisis de valores
La pérdida de los valores del espíritu; el obsesivo deseo de libertad sin límites; la falta de formación de la conciencia moral; el afán obsesivo de éxito económico; la impulsiva erotización de las relaciones; el relativismo moral, consolidado cada día más por los medios de comunicación, y las ideologías del vacío favorecen el surgimiento de experiencias religiosas superficiales y provocan la degeneración de las dimensiones constitutivas de la persona humana. Entre ellas esa dimensión espiritual auténtica que suscita en todo ser humano la necesidad de un Dios trascendente, infinito, eterno y fundamento de toda realidad. Su ausencia en la sociedad consumista contemporánea y la idolatría de las realidades humanas desorientan, también, a aquellos que, con sinceridad, desean encontrarlo. En el éxito de los nuevos mesianismos religiosos no podemos no ver, como causante, el estilo tradicional de la evangelización cristiana. Sus rasgos lucrativos, de un lado, y el escaso compromiso de sus ministros con los problemas concretos de la gran mayoría, de otro lado, provocan el alejamiento de muchos fieles.
Buscar nuevos estilos de evangelización
Urge poner remedio. El Documento de Aparecida ha evidenciado la necesidad de un nuevo estilo de acción evangelizadora. La sustitución de estructuras pastorales caducas con otras más dinámicas y misioneras será condición insoslayable para que la Iglesia americana recupere el liderazgo perdido y ofrezca a los hombres de hoy una visión más auténtica y comprometida de la fe y de Dios.
Necesitamos ser anunciadores de la salvación integral que Jesús nos ha traído, de la Buenas Nueva que el Señor ha querido extender por todos los rincones de la Tierra. |