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LA CIENCIA ANTE LA FE
Detrás de esta preocupación «humanitaria» o de este «sano deseo» de ser padres, se esconden muchas falacias, medias verdades y crímenes auténticos.
Por Adolfo Orozco Torres
Para muchas parejas que no han podido tener hijos, o incluso para mujeres solas que desean gozar de la maternidad, la ciencia médica les ofrece la opción de la fecundación in vitro (FIV), esto es: fecundar óvulos femeninos en laboratorio y, una vez fecundados, implantarlos en la matriz de la futura madre donde el óvulo fecundado se puede desarrollar normalmente, en la mayoría de los casos.
Todo se ve muy bien, ¡Qué mejor que ayudar a una pareja infértil a que goce del don maravilloso de compartir la vida y ser padres, o resolver la «enfermedad» de alguno de los dos cónyuges (o miembros de la pareja, pues es frecuente que no estén casados por la Iglesia) que les impide concebir normalmente! Sin embargo, detrás de esta preocupación «humanitaria» o de este «sano deseo» de ser padres, se esconden muchas falacias, medias verdades y crímenes auténticos a los que eufemísticamente se les trata de simples complicaciones o «técnicas médicas» pero sin ponerlas en consideración de los candidatos a padres para que hagan una decisión informada.
El primer engaño u ocultamiento es que, detrás de esto, hay toda una maquinaria económica que sólo busca ganancias aprovechando el genuino deseo femenino de la maternidad. Los grandes laboratorios, hospitales y grupos de médicos que se dedican a este negocio logran ganancias millonarias a través del mismo. El segundo punto es que a las candidatas a la FIV se les va informando paulatinamente de los detalles del proceso: primero hay que proporcionarle a la mujer hormonas para provocar una ovulación múltiple, después hay que extraer los óvulos y fecundarlos en el laboratorio. Normalmente se busca disponer de 6 a 8 óvulos. Los óvulos no fecundados se desechan o se guardan congelados para «posible uso futuro».
De los óvulos fecundados se seleccionan los que tienen mayor probabilidad de sobrevivir o que no presentan algún tipo de daño, y de estos óvulos fecundados se implantan dos o tres en la matriz, pues no hay plena seguridad de cuál de ellos funcione mejor —ésta es una de las razones por la que es mayor la incidencia de partos múltiples con esta técnica—, y los óvulos fecundados que no se implantan pueden ser desechados o congelados para uso futuro, ya sea para investigación o para implantación a la misma mujer, o, ¿por que no?, a otra que pueda pagar por el procedimiento.
Todo el proceso se maneja con una serie de eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre. Se está manipulando el cuerpo de la mujer al proporcionarle hormonas en exceso para que ovule en forma múltiple; los óvulos no fecundados son desechados como si fueran sobras de comida, o «congelados para uso futuro», igual como guarda uno un pedazo de pan que ya no se comió; esto es, una de las bases del maravilloso y misterioso proceso de dar la vida es tratado como un simple producto de consumo o desecho. Pero lo más trágico y terrible de todo es el crimen que se comete con los óvulos fecundados que ya en sus primeras fases de desarrollo se han convertido en embriones humanos, y, aun así, son tirados a la basura o guardados en el congelador para investigación, manipulación o comercio.
Esto es un auténtico crimen, pues, si es para uso futuro, se está comerciando con un ser humano en desarrollo o al que se ha puesto «en espera» por el proceso de congelación. Si son «desechados» —un eufemismo para no decir asesinados— se trata de la eliminación de un ser humano al que se le ha negado el más primordial de los derechos humanos: el de la vida.
Y, adicionalmente a todos estos problemas, se suman los «errores» frecuentes en estos casos. Uno de estos «errores» acaba de ser divulgado por The Sunday Times el 14 de junio: Un embrión congelado de una pareja fue implantado «por error» a otra mujer. Ésta última, al saber que el embrión implantado «no era suyo» (el juguete era de otra niña), decidió romper el juguete y lo abortó. Como decimos en México: «llovió sobre mojado». Al error de la FIV de ambas parejas, la que «aportó» el embrión congelado y a la que se lo implantaron, se sumó el error de los médicos al «equivocarse» en la selección del juguete —embrión correcto— y, el peor de los errores, el que la segunda mujer haya decidido romper el juguete «por que no era suyo», matando a un ser humano sólo por que no era el que ella quería.
El padre Fernando Pascual, L. C., hace un análisis de los aspectos éticos y morales de este tipo de acciones. Dice el padre Pascual: «Detrás del hecho se descubren horrores y males profundos de la fecundación artificial y de cierta mentalidad que trata a los hijos como productos de consumo». Y más adelante enfatiza: «Porque el hecho de que una mujer descubra que ha recibido un ‘embrión equivocado’ (como ocurrió en este caso) no crea ningún derecho a eliminarlo a través del aborto: ese hijo, como cada ser humano, merece respeto, acogida, ayuda, aunque «por error» se encuentre en el seno de quien no es su madre natural».
Estas técnicas, si no son regidas por un código ético estricto, se pueden prestar a que el día de mañana se «deseche» un embrión por que las nuevas técnicas de diagnóstico prenatal permiten no sólo saber si el «producto» (otro eufemismo) padece de alguna enfermedad genética, sino, además, cuáles serán sus características físicas: color de ojos, de cabello, etc., y entonces, como «yo lo pedí de ojo azul y es de ojo negro», no reúne las especificaciones del contrato y debe ser «desechado».
Concluyendo con el padre Fernando Pascual, del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, «frente a situaciones como ésta hace falta promover medidas concretas para que los hijos sean respetados en el seno materno, para que el aborto desaparezca del planeta, y para que no se recurra a técnicas de fecundación artificial que van contra la dignidad de los hijos y de sus padres»
No nos dejemos engañar por los mercenarios de la ciencia que, «por nuestro bien», nos quieren convencer y vender a los seres humanos como simple mercancía que se compra, se vende o se desecha, cuando no nos gusta o no satisface nuestras especificaciones. El berrinche de rechazar el juguete por que no es el mío y destruirlo es un crimen merecedor de la condena eterna. |