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Hacia una participación ciudadana cualificada Imprimir
Escrito por Jesús Mendoza Zaragoza   
Domingo 28 de Junio 2009

Image Ante el descrédito y la desconfianza social hacia las instituciones públicas, gubernamentales y partidistas, la tentación del abstencionismo es muy intensa.

Por Jesús Mendoza Zaragoza

Ante el descrédito y la desconfianza social hacia las instituciones públicas, gubernamentales y partidistas, la tentación del abstencionismo es muy intensa. La salida fácil es renunciar a derechos y deberes cívicos y políticos como consecuencia del desaliento y la frustración. Parece que este es el caso de esa mayoría anónima que, según encuestas, no saldrá a votar este próximo 5 de julio, la que abdicará a tomar el lugar que le corresponde.

Participación inconsistente

El voto es lo mínimo, lo elemental, cuando se habla de participación ciudadana. Pues ni eso mínimo puede esperarse de esa multitud de hombres y mujeres que no han llegado a asimilar en sus prácticas el contenido social del ser ciudadanos y ciudadanas. Parece que la construcción de la ciudadanía tiene demasiadas dificultades para madurar y afianzarse y, como consecuencia, tenemos un segmento muy bajo de ciudadanos que asumen sus responsabilidades públicas con madurez y constancia.

Hacernos ciudadanos nos está costando mucho y hay muchas resistencias para pagar el precio que se necesita para lograrlo. Las inercias del sistema autoritario que padecimos por décadas no se pueden superar de manera tan fácil, y el autoritarismo lo llevamos introyectado al asumir actitudes meramente infantiles. Reclamamos que los de arriba —sean instituciones o personas, llámense gobernantes o políticos— resuelvan los asuntos públicos. Muchas veces las actitudes que prevalecen en los ciudadanos ante las adversidades políticas son, o de irritación, diatriba, lamento, burla, o de evasión, indiferencia y pasividad.

No hemos podido alcanzar una actitud de madurez ciudadana que sea capaz de asumir todo lo que cuesta construir un sistema democrático. En otras palabras, vivimos con una carencia básica que no nos permite una participación ciudadana consistente: no tenemos aún una cultura democrática que incluya la participación como eje fundamental.

No hay democracia sin participación social

El gran desafío que la transición democrática nos presenta es el de la formación de una ciudadanía cualificada, en cuanto que posea los recursos que necesita para asumir el protagonismo que le toca en la sociedad. Este desafío es considerado por los obispos mexicanos en su reciente mensaje: «No hay democracia verdadera y estable sin participación ciudadana y justicia social», en el que se alienta a la ciudadanía «a que tenga una actividad pública más consistente y permanente, ya que la democracia  requiere de la ‘subjetividad’ de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y corresponsabilidad.  Esta participación es muy importante para la promoción de las reformas necesarias a la arquitectura institucional del Estado de derecho» (Mensaje, 53).

La democracia seguirá siendo una ilusión sin futuro sin la participación cualificada de los ciudadanos que, a su vez, no es posible sin procesos educativos que integren política y ética y capaciten a los ciudadanos para «darle vida» a las instituciones públicas, que tienen que representar los intereses generales de la sociedad. Mucho se ha hablado de la necesidad de reformas legislativas e institucionales para que el Estado mexicano se fortalezca y esté en condiciones para dar respuestas adecuadas a los problemas que agobian al país. Pues sin la participación ciudadana, no es posible esperar estas reformas.

Es necesaria la participación consciente, creativa y responsable de los ciudadanos en el diseño de una «nueva arquitectura institucional», participando en el entramado institucional vigente. Las instituciones necesitan una renovación de fondo y no solo de forma. Hay quienes dicen que los ciudadanos tienen que «tomar por asalto» a los partidos políticos, en el sentido de que, con una participación cualificada en su interior, puedan inducir un viraje político y ético que beneficie a todos, ellos incluidos. Yo creo que una transfusión de sangre nueva a las instituciones públicas, sobre todo a los partidos políticos, sería muy saludable para la sociedad entera. Son los ciudadanos quienes pueden imprimir este impulso y este viraje a los partidos políticos para que estén en condiciones de contribuir con lo que les toca a fortalecer la transición democrática.

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