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Democracia y abstención Imprimir
Escrito por Fernando Pascual   
Domingo 28 de Junio 2009

Image La democracia «vale» si existen mecanismos efectivos y justos para que el pueblo pueda participar en el ejercicio del poder.

Por Fernando Pascual / Roma

La democracia «vale» si existen mecanismos efectivos y justos para que el pueblo pueda participar en el ejercicio del poder.

Pero si el pueblo no participa... La democracia, entonces, se encuentra ante un serio problema: la abstención. ¿Por qué se produce este fenómeno?

¿Cuáles son sus excusas para no votar?

Hay un número de personas, difícil de precisar, que no vota simplemente por pereza. En un día de sol prefieren irse al mar. O si se trata de un día de lluvia y frío evitan los problemas de las colas ante las urnas. O simplemente consideran más provechoso leer una buena novela o ver la tele en el mejor sofá de casa.

Otros no votan porque desconfían del sistema de partidos. Critican a quienes controlan el poder, están cansados de campañas electorales llenas de insultos o de mentiras, desprecian a la «clase política», a la que acusan de corrompida.

Otros no votan porque creen que la abstención sirve como una especie de voto «al revés»: los políticos descubrirán, ante porcentajes elevados de abstención, que la gente está harta de la situación y que desea cambios.

Otros no votan porque no encuentran entre las propuestas de los partidos ninguna que les satisfaga, que les parezca realmente justa y adecuada al bien del propio país. O no votan porque no llegan a comprender los programas políticos: ante la confusión de campañas electorales llenas de frases rimbombantes y vacías de propuestas, muchos están tan confundidos que prefieren no usar una papeleta electoral de valor desconocido.

Abstencionismo, malo para todos

Como las causas de la abstención son varias, resulta difícil valorar el fenómeno e interpretarlo. Lo que está claro es que un congreso elegido por un número bajo de votantes (a veces se llega a una abstención superior al 50 %) representa, ciertamente, a aquellos ciudadanos que han emitido su voto, pero no a todas las personas que viven en el estado.

El fenómeno de la abstención merece un estudio profundo de los políticos, y un examen de conciencia por parte de todos.

Si la abstención es el resultado de la pereza, estamos ante un hecho grave que puede llevar, por ejemplo, al triunfo de un partido con un pésimo proyecto político, triunfo posible porque los votantes que pudieron «pararlo» en las urnas no votaron.

Si la abstención es simplemente desprecio del sistema, ¿no es hora de que los ciudadanos que desean otros dirigentes políticos se organicen y hagan oír su voz a través de métodos de participación legítimos, en vez de renunciar a su deber de controlar a las autoridades públicas con la ayuda del voto? Vale la pena afrontar, con seriedad, este tema. Un congreso, un gobierno, elegido por una minoría nace cojo y enfermo. Una sociedad en la que la abstención es la nota dominante de unas elecciones está herida de muerte. Hay que proceder, cuanto antes, a curarla, por el bien de todos.

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