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«Quiero ganar almas para Dios», la consigna del santo cura de Ars Imprimir
Escrito por El Observador   
Domingo 21 de Junio 2009

AÑO SACERDOTAL

Image Aunque no fue un estudiante ejemplar en el seminario, es el modelo de los sacerdotes

Nacido el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, cerca de Lyon, de una familia de agricultores, Juan María Vianney vive una infancia caracterizada por el entusiasmo y el amor de sus padres. El contexto de la Revolución francesa va, sin embargo, a influir mucho en su juventud: hará su primera confesión al pie del gran reloj, en la sala común de la casa natal, y recibirá la absolución de un sacerdote clandestino. Dos años más tarde, hace su primera Comunión en un granero, durante una Misa clandestina.

A 17 años, responde a la llamada de Dios: «quería ganar almas para Dios», dirá a su madre, María Béluze. Pero su padre se opone durante dos años a este proyecto, ya que las fuerzas faltaban en la casa paterna.

Comienza a los 20 años a prepararse al sacerdocio con el padre Balley, párroco de Écully. Tiene muchas dificultades para los estudios, sobre todo con el latín y la retención de las clases. Sin embargo, las dificultades lo hacen crecer: pasa del desaliento a la esperanza.

Más tarde se ve obligado a convertirse en desertor cuando debe entrar en el ejército para ir a combatir durante la guerra de España. Pero el padre Balley sabrá ayudarlo durante estos años de pruebas. Por fin, fue ordenado presbítero en 1815, y es nombrado vicario en Écully.

Ministerio sencillo y discreto

En 1818, es enviado a Ars. Allí, despierta la fe de sus feligreses por sus predicaciones, pero, sobre todo, por su oración y su manera de vivir. Se siente pobre ante la misión que debe realizar, pero se deja llevar por la misericordia de Dios. Restaura y embellece su iglesia, funda un orfelinato: «La Providencia», y toma cuidado de los más pobres.

Muy rápidamente su reputación de confesor le atrae numerosos peregrinos que vienen a buscar ante él el perdón de Dios y la paz del corazón. Ante las muchas pruebas y combates, guarda su corazón arraigado en el amor de Dios y de sus hermanos; su única preocupación es la salvación de las almas. Sus catequesis y sus homilías hablan, sobre todo, de la bondad y de la misericordia de Dios.

Sacerdote que se consume en amor ante el Santísimo Sacramento, totalmente dedicado a Dios, a sus feligreses y a los peregrinos, muere el 4 de agosto de 1859, después de haberse entregado al Amor hasta el final. No era fingida su pobreza. Sabía que moriría un día como «prisionero del confesonario».

Por tres veces había intentado huir de su parroquia, creyéndose indigno de la misión de párroco y pensando que era un obstáculo a la bondad de Dios más que un signo de este Amor. La última vez fue menos de seis años antes de su muerte. Fue encontrado durante la noche por sus feligreses, que habían tocado la campana para avisar de su huida. Volvió a su iglesia y se puso a confesar, a partir de la una de la mañana.

En su entierro había una muchedumbre de más de mil personas, y entre ellas el obispo y todos los sacerdotes de la diócesis, venidos a rodear al que ya era su modelo.

Beatificado el 8 de enero de 1905, fue declarado el mismo año patrono de todos los párrocos de Francia. Canonizado por Pío IX en 1925 ( el mismo año que santa Teresa del Niño Jesús) fue proclamado en 1929 «patrono de todos los párrocos del mundo». El papa Juan Pablo II visitó Ars en 1986.

En la actualidad el santuario de Ars acoge unos 45 mil peregrinos cada año. Un seminario ha sido abierto en 1986, que forma a los futuros sacerdotes en la escuela del padre Vianney; pues «allí donde los santos pasan, Dios pasa con ellos».

Tomado de la página web del Santuario de Ars


El mensaje de san Juan María Vianney

El mensaje del Santo Cura de Ars para hoy se resume en algunos puntos:

Hombre de oración

Largos momentos delante del tabernáculo, una verdadera intimidad con Dios, un abandono total a su voluntad… son otros tantos elementos que tocaban a aquéllos que lo encontraban y dejaban percibir la profundidad de su vida de oración y de su unión con Dios. Fueron su gran alegría y el ambiente de una verdadera amistad con Dios: «Os amo, Dios mío, y mi solo deseo es de amaros hasta el último suspiro de mi vida». Una amistad que supone una reciprocidad, como dos pedazos de cera, precisaba el padre Vianney, que, una vez fundidos, no pueden ya separarse; así es nuestra alma con Dios cuando rezamos…

La Eucaristía celebrada y adorada, corazón de todo

«Está ahí», exclamaba el santo Cura mirando al tabernáculo. Hombre de la Eucaristía, celebrada y adorada; «no hay nada de más grande que la Eucaristía» decía. Lo que quizás más lo tocaba era constatar que su Dios estaba presente en el tabernáculo, para nosotros: «¡Nos espera!» La conciencia de la presencia real de Dios en el Santísimo Sacramento fue, quizás, una de sus más grandes gracias y una de sus más grandes alegrías. Ofrecer Dios a los hombres y los hombres a Dios. El sacrificio eucarístico se convirtió muy pronto para él en el corazón de su jornada y de su pastoral.

Preocupación por la salvación de los hombres

Es, quizás, lo que mejor resume lo que fue la presencia del santo Cura durante sus 41 años de permanencia en Ars. Preocupado por su propia salvación y la de los demás, y muy especialmente la de aquéllos que venían a él o que tenía a su cargo. En cuanto párroco, «Dios me pedirá cuentas», decía. Que cada uno pueda gustar la alegría de conocer a Dios y de amarlo, y de saber que Él lo ama… en eso trabaja sin descanso el padre Vianney.

Mártir del confesionario

A partir de 1830, muchos miles de personas vendrán a Ars para confesarse con él: más de 100 mil el último año de su vida. Hasta 17 horas por día permanecía clavado en su confesionario para reconciliar a los hombres con Dios y, entre ellos, el cura de Ars es un verdadero «mártir del confesionario», subrayaba Juan Pablo II. Subyugado por el amor de Dios, maravillado ante la vocación del hombre, consideraba una locura el querer ser separado de Dios. Quería que cada uno fuera libre para poder gustar el amor de Dios.

En el corazón de su parroquia

«No se sabe cuánto ha hecho el santo Cura como obra social», dice uno de sus biógrafos. Viendo en cada uno de sus hermanos presente al Señor, no se dará tregua para socorrerlos, ayudarlos, aliviar los sufrimientos o las heridas, permitir que cada fuera libre y feliz. Orfanato, escuelas, atención a los más pobres y a los enfermos, infatigable constructor… nada le escapa. Acompaña a las familias y trata de protegerlas de todo lo que puede destruirlas (alcohol, violencia, egoísmo…). En el corazón de su pueblo tiene en cuenta al hombre en todas sus dimensiones (humana, espiritual, social).

Patrón de todos los párrocos del mundo

Beatificado en 1905, será declarado el mismo año, el 12 de abril, patrono de los sacerdotes de Francia por san Pío X.

En 1929, cuatro años después de su canonización, el Papa Pío XI lo declarará «patrono de todos los párrocos del mundo».

El Papa Juan Pablo II no dirá otra cosa recordando por tres veces que «el Cura de Ars sigue siendo para todos un modelo sin igual, a la vez del cumplimiento del ministerio y de la santidad del ministro». «¡Oh, que el sacerdote es algo grande!», exclamaba Juan María Vianney, pues puede ofrecer Dios a los hombres y los hombres a Dios; es el testigo de la ternura del Padre hacia cada uno y el artesano de su salvación.

Una llamada universal a la santidad

«Te enseñaré el camino del Cielo», había contestado al pastorcillo que le mostró el camino de Ars, es decir, te ayudaré a convertirte en un santo. «Allí donde los santos pasan, Dios pasa con ellos», precisará él más tarde.

Tomado de la página web del Santuario de Ars

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