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CULTURA 
"¡No desesperéis nunca! Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción en la inocencia y la desesperación después de la caída".
Por Carlos Díaz Algunos, humorísticamente, han venido reputando a la paciencia como forma menor de desesperación disfrazada de virtud, y de ahí las continuas recomendaciones de san Francisco de Sales en orden a la corrección suave, serena y sin zozobra: «No atormentéis vuestro corazón aunque en algo se haya extraviado; tomadlo y volvedlo a meter en vereda suavemente... Cuando veáis vuestro corazón amargado, no hagáis más que cogerlo con la punta de los dedos, no de un puñado, no bruscamente. Es preciso tener paciencia consigo mismo y lisonjear al corazón alentándole; y cuando está intranquilo hay que contenerlo como se contiene a un caballo con la brida, meterle firmemente en cintura, sin permitirle correr tras los sentimientos desordenados». Francisco de Sales, finísimo conocedor del alma humana y por eso consciente enteramente de que la desesperación más profunda es aquella en que el sujeto desespera de sí mismo, advierte el carácter maléfico, diabólico, de esa desesperación que termina por volverse autodesesperación: «¡No desesperéis nunca! Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción en la inocencia y la desesperación después de la caída; este segundo es con mucho el más terrible... Nuestro pérfido adversario no lo ignora, por eso en cuanto nos ve agobiados por el sentimiento de nuestras faltas, se lanza sobre nosotros e insinúa en nuestros corazones sentimientos de desesperación más pesados que el plomo. Si le damos acogida, ese mismo peso nos arrastra, nos soltamos de la cadena que nos sujetaba y rodamos hasta el fondo del abismo. El demonio de la desesperación se insinúa en el alma desconcertada y esgrime argumentos a cual más desalentadores. Almas desalentadas: lo que alegra al enemigo no son tanto vuestras faltas como el abatimiento y la desconfianza en la misericordia que ellas producen, repetirán los espirituales a sus dirigidos. Todo el mal que habéis hecho no es nada en comparación con el que hacéis si os falta confianza. ¿Por qué nos desanimamos? Porque exageramos nuestra flaqueza o porque desconocemos la misericordia divina; y las más de las veces por ambos motivos. En esto, dicho sea de paso, sucede un fenómeno extraño y, no obstante, muy corriente. El pecador cae por haber ignorado su propia flaqueza y por haber exagerado la misericordia de Dios; después de la caída renacen estos dos mismos sentimientos, pero en sentido inverso: la flaqueza adquiere a sus ojos proporciones desmesuradas, envuelve al alma como en un manto de tristeza y de confusión, que aplasta; en cambio Dios, a quien poco antes se ofendía con toda facilidad presumiendo un perdón facilón, aparece ahora como un vengador inexorable. El alma culpable tiene miedo de Él y vergüenza de sí misma y, si no reacciona contra estas dos funestas tentaciones, renuncia cobardemente a la lucha: en vez de arrancarse de los lazos del pecado, se entrega a él sin resistencia. Este es el desaliento, la capitulación de la voluntad, la resolución de hacer lo contrario de lo que debe hacerse, cuyo fatal resultado es con mucha frecuencia la impenitencia final... Conservad la paz, inclinemos nuestro corazón delante de Dios cuanto antes y digámosle con espíritu de confianza y de humildad: Señor, misericordia, porque estoy enfermo. Levantémonos con paz y tranquilidad, reanudemos el hilo de nuestra indiferencia y sigamos en nuestra tarea. No es necesario romper las cuerdas y arrojar el laúd cuando vemos que está desafinado, sino que hay que poner oído atento para descubrir dónde está el desconcierto y tensar o aflojar la cuerda nuevamente, según lo requiera el caso». Detrás de toda esa desesperación que da fulminantemente en tierra con la paciencia se encuentra paradójicamente un yo inflado, tanto más infatuado cuanto más desesperado, y así lo expresa nuevamente san Francisco de Sales, ese gran sentidor: «Inquietarse y perder la paciencia es cosa que todo el mundo hace, pero es cosa mala porque en esta especie de inquietud y de enfado es el amor propio el que tiene la mayor parte... Porque, aunque es razonable sentir disgusto y pesar por haber cometido algunas faltas, este disgusto no debe ser amargo ni enfadoso, ni despechado, ni colérico; por eso es un gran defecto el de quienes, al impacientarse, se enfadan de su mismo enfado, y mantienen de esta forma el corazón como anegado en cólera. Aunque parezca que el segundo enfado destruye al primero, es al revés, pues se deja la puerta abierta para un nuevo enfado en cuanto se presenta la primera ocasión. Aparte de que además la cólera, el enfado y la amargura contra sí mismo dan paso al orgullo y nacen del amor propio, que se resiente e inquieta al ver que no somos perfectos... En definitiva, al ver que no somos nada, al vernos caídos por tierra, nos enfadamos con disgusto, decepcionados acerca de nuestras propias fuerzas». En fin, existen dos clases de orgullo: el que se halla contento de sí mismo, que es el más corriente y el menos peligroso, y el que está descontento de sí, porque esperaba mucho de él mismo y se ha visto defraudado en su esperanza. Esta segunda especie de orgullo es mucho más refinada y peligrosa. Contra esa infatuación del ego hinchado nadie podría ni debería considerarse suficientemente vacunado. |