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Tal sería la actitud ideal para con aquellas personas que padecen la pérdida de la libertad, según afirmación de los miembros de la Comisión Internacional de la Pastoral Penitenciaria Católica (ICCPPC).
Tal sería la actitud ideal para con aquellas personas que padecen la pérdida de la libertad, según afirmación de los miembros de la Comisión Internacional de la Pastoral Penitenciaria Católica (ICCPPC), obispos, presbíteros, diáconos, religiosas, religiosos, personas consagradas y laicos de 62 países de todo el mundo, enviados por las Conferencias Episcopales para participar en el XII Congreso Mundial de esa Comisión, tenido en Casa La Salle de Roma, del 5 al 12 del presente mes, con el lema «Descubriendo el rostro de Cristo en cada persona presa». Los concurrentes llevaban la idea de hacer suyas las palabras de la Carta a los Hebreos: «Acordaos de los presos como si estuvierais con ellos encarcelados» (Heb 13, 3). Para sus deliberaciones recordaron el mensaje del papa Juan Pablo II para el Jubileo en las cárceles: «Jesús es compañero de viaje paciente, que sabe respetar los tiempos y los ritmos del corazón humano». De igual forma se evocaron las aportaciones del papa Benedicto XVI, quien les dijo en reciente discurso que han sido «llamados a ser heraldos de la infinita compasión y del perdón de Dios». Los congresistas proclamaron que el ministerio penitenciario forma parte ineludible del ministerio pastoral de la Iglesia desde sus orígenes. Y formularon las siguientes declaraciones: 1.- Que «el ser humano es el camino de la Iglesia» (Redemptor hominis 14; Centesimus annus 53). Su dignidad inalienable y los derechos fundamentales que le son inherentes devienen de ser imagen y semejanza de su divino Creador. Aun privado de libertad, por las razones que fueren, nada ensombrece esta imagen. 2.- Que en bastantes países no se garantizan los derechos humanos de las personas presas; tampoco se asegura su libertad religiosa y se obstaculiza a la Iglesia en la atención que presta a las necesidades espirituales y materiales de las personas encarceladas. En numerosas legislaciones aún subsiste la pena de muerte y otras condenas desmesuradas incompatibles con la dignidad humana. Exigimos la abolición de la pena de muerte y el fin de toda forma de tortura. 3.- Que el vigente sistema de justicia criminal en muchos países fracasa en la satisfacción de las necesidades de la infancia en conflicto con la ley, así como de los grupos especialmente vulnerables como las personas con enfermedades mentales, drogodependientes, extranjeras o ancianas. Solicitamos que las leyes y sistemas se pongan al servicio de las necesidades de estos colectivos. 4.- Que las leyes penales y de extranjería son abusivas. Apostamos por una justicia que responsabilice a los infractores de sus hechos, que repare a las víctimas, y que implique a la propia comunidad para facilitar el proceso de rehabilitación y, consiguientemente, reintegrar a la víctima y al infractor en su seno. 5.- Que reconocemos y agradecemos la destacable tarea del ministerio de la Pastoral Penitenciaria en muchos países del mundo que, a pesar de las limitaciones e innumerables dificultades, están haciendo de ella una auténtica pastoral de justicia, libertad, misericordia, reconciliación y esperanza que visibiliza el amor de Dios. 6.- Que podríamos atender mejor a las necesidades de las personas privadas de libertad si fuésemos integrados formalmente en la estructura canónica de la Iglesia. 7.- Que somos conscientes de que «queda mucho por hacer» y de que todavía «nuestra conciencia no puede permanecer tranquila» (Mensaje Jubilar). |