|
MÉXICO, NACIÓN CRISTIANA
¿Quién ha leído o escuchado algo sobre la sublevación de los tepehuanes de Durango y los mártires provocados?
Por el P. Luis Alfonso Orozco, LC
La consolidación de la fe verdadera en cualquier nación nunca ha estado exenta de la cruz y del sacrificio. Precisamente durante el transcurso del siglo diecisiete novohispano, encontramos un remoto episodio que concluyó con el martirio de un nutrido grupo de mexicanos y españoles. Se trata de la terrible sublevación de los tepehuanes de Durango, cuya memoria histórica se recuerda muy poco o casi es desconocida por el gran público. ¿Quién ha leído o escuchado algo sobre tal rebelión y los mártires provocados por los tepehuanes? Muy pocos, tal vez. Conviene recordarlos aquí para venerar su memoria.
«Fue dirigida y estimulada por algunos que ya habían sido bautizados, y con influencia de un hechicero que disponía de gran prestigio. Se arrasaron sitios y se provocaron las muertes de sacerdotes, de españoles y de naturales cristianizados. Esto ocurrió en Nueva Vizcaya, en el siglo XVII, y en riesgo posible estuvo la misma ciudad de Durango. La revuelta fue finalmente sofocada por el gobernador, Gaspar de Alvear, con el apoyo de españoles e indios». (Cf. ALVEAR ACEVEDO, Carlos, La Iglesia en la historia de México, Jus, México 1995, pp. 104-105)
Durante el transcurso de aquella trágica sublevación, seis misioneros jesuitas españoles y dos mexicanos, un fraile dominico español, un fraile franciscano, doscientos colonos españoles y doscientos indios tarascos, pero también tepehuanes, todos ellos bautizados, cayeron martirizados juntamente por manos de los belicosos tepehuanes. El Padre Iraburu, uno de los mejores historiadores de la Iglesia novohispana, narra lo siguiente:
«El 16 de noviembre de 1616, el alzamiento se inició en Santa Catalina, donde con flechas y lanzas mataron al Padre Tovar, mexicano de Culiacán. Al día siguiente los indios rebeldes entraron en Atotonilco (Dgo.), donde mataron unas doscientas personas, entre ellas al franciscano Pedro Gutiérrez. Esa misma noche cercaron Santiago Papasquiaro, donde los cristianos resistieron 17 días. Entonces, habiéndoseles ofrecido una paz simulada, salieron unos cien, el padre Orozco al frente con la custodia. Los padres Orozco y Cisneros –españoles- que siempre misionaron juntos, murieron con los demás a golpes de lanza y macana, y sólo escaparon tres mayores y tres niños. El mismo día, en Zape, los tepehuanes alzados mataron a los padres Luis de Alavez, nacido en Oaxaca, y Juan del Valle, alavés de Vitoria, con 19 españoles, más 60 negros y otros criados. Y al día siguiente mataron a los padres Jerónimo Morante y Juan de Fonte, ambos españoles. El padre Fonte se dedicó al bien de los tepehuanes los últimos dieciséis años de su vida. Cuando recuperaron el cuerpo del padre Morante, lo hallaron ceñido de áspero cilicio. Por último, con un golpe de estaca abrieron la cabeza al padre Santarén, que misionaba a los xiximíes (...) Los indios fugitivos, ahuyentados de todas partes, llegaron a desencantarse de las falsas esperanzas dadas por los hechiceros de sus falsos dioses. Y el padre Andrés López, el único jesuita superviviente, consiguió que se les ofreciera la paz y el perdón... la nación tepehuana mejoró en cristiandad, y se mantuvo en paz gracias a la sangre de Cristo, vertida por sus mártires jesuitas y misioneros» (cfr. IRABURU José Mª, Hechos de los apóstoles de América, Pamplona 1999, pp. 214-216).
Así, en aquel gran episodio martirial, la sangre española, la criolla y la indígena se mezclaron y corrieron juntas la misma suerte que las unió en el vínculo del martirio, como participación del martirio primero y supremo de Jesucristo en la Cruz. De manera que los mártires de Cristo Rey del siglo veinte, quienes han dado al mundo el testimonio grandioso de su valor, de su fe en el Amor, no fueron los primeros en regar con su sangre bendita el suelo de México. |