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DEBATE
«Hoy los católicos no están interesados en convertir a los judíos. No necesito preocuparme de que un sacerdote católico vaya a evangelizar a alguno de mis pacientes en el hospital. Lo máximo que podría pasar es que él sea una de las personas que le muestren donde conseguir una comida kosher», afirma con alivio un rabbí neoyorkino.
Antes de su sacrificio redentor, Jesús envió a los Doce a evangelizar dándoles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 5-6).
Salvación para todos
El pueblo judío era lo que quedaba del pueblo israelí o hebreo, aquel que Dios mismo había escogido como suyo: «Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahveh tu Dios; Él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra» (Dt 7, 6). Sin embargo, tras su resurrección, Jesús ordena a sus discípulos: «Id, pues, y haced que todos los pueblos sean mis discípulos» (Mt 28, 19).
De este modo se inaugura una nueva era en la que pertenecer al Pueblo de Dios ya no consiste en haber heredado genes judíos o en seguir la religión de Moisés, sino en abrazar la vida verdadera, la salvación eterna que nos alcanzó Jesucristo con su pasión, muerte y resurrección. Así lo atestigua el apóstol san Pedro cuando escribe a los creyentes: «Vosotros en un tiempo no erais pueblo, pero ahora sois el Pueblo de Dios» (1 Pe 2, 10).
Mandato obedecido
La Iglesia naciente obedeció la orden divina: se lanzó a evangelizar a judíos y gentiles, dando prioridad a los primeros. Pero, si bien fueron no apenas unos cientos sino muchos miles los judíos que se convirtieron a Cristo conformando la comunidad de los primeros cristianos, también es verdad que otros rechazaron la salvación, muchas veces por los motivos más bajos, como ocurrió en Pisidia: «(...) Muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé (...). El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios. Los judíos, al ver a la multitud, se llenaron de envidia y contradecían con blasfemias cuanto Pablo decía. Entonces dijeron con valentía Pablo y Bernabé: ‘Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles...’ » (Hch 13, 43-47).
El cristiano de hoy casi podría pensar que las palabras de Pablo y Bernabé se han convertido en el programa misionero de la Iglesia: se predica el Evangelio a muchos pueblos, pero no al pueblo judío.
La verdad es que en otras épocas se continuaron haciendo diversos intentos, especialmente en Europa, para acercar a los judíos a Cristo, mas los resultados fueron pobres, prevaleciendo a final de cuentas la cerrazón de este pueblo «de dura cerviz», como lo llama Dios mismo en la Biblia.
Protestantes activos
Hoy en la Iglesia se hace poco, o nada, por alcanzarle al pueblo judío la Verdad completa. En el mundo protestante, en cambio, sí hay actividad evangelizadora a través del llamado Movimiento Mesiánico, que es un programa misionero inspirado literalmente en las tácticas de san Pablo: «Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos; con los que están bajo la Ley, como quien está bajo la Ley (aun sin estarlo) para ganar a los que están bajo ella» (1 Co 9, 20). Así, los evangelizadores de este grupo decidieron vestirse como judíos, adaptar algunas de sus costumbres y hasta emplear algo de la terminología hebrea, todo con el fin de atraerlos hacia Jesucristo. Los hebreos que se convierten a este curioso cristianismo reciben el nombre de «judíos mesiánicos», y son, obviamente, mal vistos por sus hermanos de raza practicantes del judaísmo tradicional.
Sin embargo, los «judíos mesiánicos» continúan respetando la ley de Moisés, las oraciones en la sinagoga y la liturgia hebraica; los varones aún se someten a la circuncisión ritual, y llevan el tallit (el chal de la oración), el kipah (casquete o gorro) y los tefillim (dos pequeñas cápsulas que guardan los pasajes de Ex 13, 1-16, Dt 6, 4--9 y 9, 13-2, y que todo varón a partir de los 13 años debe ceñirse en la sinagoga). Además, continúan guardando el día sábado. En otras palabras, continúan haciendo todo lo que los primeros cristianos (judíos) dejaron de hacer. Eso sí, reconocen a Jesús como Mesías y rezan el Padrenuestro.
La corriente judeomesiánica tiene su mayor éxito en Estados Unidos. A nivel mundial se calcula que hay unos 500 mil «judíos mesiánicos», ciertamente un pequeño número si se toma en cuenta que en la actualidad hay unos 13 millones de personas que se consideran de religión judía.
El Concilio y el diálogo judío-católico
Pero, ¿por qué en la Iglesia no parece haber acción? Una posible respuesta residiría en el contenido de la declaración Nostra aetate, documento del concilio Vaticano II que trata de las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Ahí se lee: «Como es... tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos» (n. 4). Como la religión judía no es proselitista, ve con malos ojos los intentos de la Iglesia por proclamar el Evangelio entre los seguidores de la ley mosaica. Anunciarles a Cristo sería para ellos como una falta de aprecio y, por tanto, una contradicción a lo dicho en el Concilio.
Pero, ¿será correcta esta pasividad eclesiástica? ¿Estará desobedeciendo el mandato de Cristo, o será más bien que está aplicando una táctica evangelizadora tan magistral que no resulta de fácil lectura para el común de los mortales? Por lo pronto, los judíos se sienten más bien «a salvo». Así, el rabbí neoyorkino Tuvia Singer, que es nada menos que el encargado de la organización Outreach Judaism, dedicada a contrarrestar la conversión de judíos al cristianismo, afirma con toda tranquilidad: «Hoy los católicos, en su mayor parte, no están interesados en convertir a los judíos. No necesito preocuparme de que un sacerdote católico vaya a evangelizar a alguno de mis pacientes en el hospital. Lo máximo que podría pasar es que él sea una de las personas que le muestren donde conseguir una comida kosher».
Hasta la oración trae problemas
Total, parece que a la Iglesia sólo le queda el recurso de la oración. Sin embargo, hasta eso ha causado quejas.
En la Misa tridentina —la Misa en latín— el Viernes Santo se rezaba en la oración universal «por los pérfidos judíos, para que Dios nuestro Señor quite el velo de sus corazones, a fin de que ellos también reconozcan a Jesucristo Nuestro Señor». Y la oración pedía que el pueblo de Israel «reconociendo la luz de tu verdad, que es Jesucristo, salgan de sus tinieblas». El beato Juan XXIII suprimió en 1959 el calificativo de «pérfidos».
El padre Michel Remaud, director del Instituto Cristiano de Estudios Judíos y de Literatura Hebrea de Jerusalén, aclara que, a diferencia del sentido peyorativoque asumió en las lenguas vernáculas, en latín la palabra «pérfido» tiene un matiz muy diferente: «Procede literalmente de per y fides, es decir, el que persiste o permanece en su fe».
Pablo VI modificó una vez más la oración universal del Viernes Santo de manera que se dejó de pedir por la conversión de los judíos —aunque en sí la palabra «conversión» nunca apareció en el llamado Misal de Juan XXIII—, y desde entonces ya sólo se pide para que el Señor «acreciente en ellos el amor de su Nombre y la fidelidad a la Alianza que selló con sus padres», es decir, para que sigan «pérfidos», fieles a su fe. Con la recuperación de la Misa en latín, Benedicto XVI consideró adecuado modificar ligeramente la oración del Misal de Juan XXIII; en febrero de 2008 dio a conocer el texto en latín, que dice: «Recemos por los judíos. El Señor Dios nuestro ilumine sus corazones para que reconozcan a Jesucristo salvador de todos los hombres. Dios omnipotente y eterno, Tú que quieres que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad, concede que, entrando los pueblos en tu Iglesia, todo Israel se salve».
El resultado fue que se acabó acusando a Benedicto XVI de «borrar» los 40 años del diálogo judío-católico.
Dios tiene su plan
Ciertamente, en el plan de Dios está incluida la conversión de los judíos. Con evangelización o sin ella, tarde o temprano ocurrirá algo extraordinario: «No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio...: el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles,y así, todo Israel será salvo...» (Rm 11, 25-26). Pero esto no justifica quedarse con los brazos cruzados. Los Doce no lo hicieron, y tampoco corresponde a los cristianos de hoy quedarse pasivos.
Ojalá surgieran nuevos «san Pedros» que con una sola predicación movieran a la conversión multitudinaria de israelitas, como ocurrió en Pentecostés: «Pedro les dijo: ‘Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo...’. Y los que acogieron su palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas» (Hch 2, 38-41).
D. R. G. B. |