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DOCUMENTOS PARA LA HISTORIA 
El documento que contiene la causa instruida por las autoridades virreinales en su contra estuvo perdido más de un siglo.
Don Ignacio Allende y Unzaga fue fusilado por la espalda, como traidor al rey, el 26 de junio de 1811. Nos dice A. López Lara(*) que Allende encaró a sus jueces sereno y firme; no pidió clemencia, ni pretendió salvar la vida negando su responsabilidad en la rebelión; pero rehusó enfáticamente el cargo de traidor y explicó ampliamente los motivos que tuvo para arrojarse a la insurrección. El documento que contiene la causa instruida por las autoridades virreinales en su contra estuvo perdido más de un siglo, en parte porque su poseedor, Juan N. de Urquidi, quien fuera gobernador de Chihuahua, consideró que divulgarlo podría «perjudicar a la fama de los héroes de la independencia y a los hijos del auditor que consultó la sentencia». Temprano en el propio siglo XIX, una dogmática leyenda oficial sobre nuestros héroes quiso sostenerse aun con el oscurantista procedimiento de ocultar documentos que esclarecieran los hechos. Y he aquí que las declaraciones del infortunado Allende son una requisitoria terrible y severa contra don Miguel Hidalgo: «[...] Preguntado: Si es cierto que el Cura Hidalgo se trataba de alteza Serenísima, y todos los demás Jefes con los respectivos a las clases conocidas en la Monarquía, y con qué autoridad uno y otros se tomaron esos títulos. Dijo: que cuando el declarante (Allende) pasó de Guanajuato a Guadalajara en donde se hallaba Hidalgo, se halló con la novedad de que se trataba de Alteza Serenísima, e ignora qué principio tuvo tal tratamiento, como el admitir hasta los sacerdotes, a que le hablasen con la rodilla hincada, lo que (a Allende) no le pareció bien, y aún se lo hizo presente [...]». Y viene lo más desconcertante: «Preguntado: [...] ¿cuál fue el objeto de ella [de la insurrección], qué se propusieron, y los medios y arbitrios de llevarla a cabo? Dijo: que el objeto del que declara fue conservar esta América al Sr. Don Fernando 7º., como lo manifiesta el haberlo manifestado así a las gentes que con él trataron en todos los pueblos por donde anduvo, y que en Valladolid, habiendo percibido que ya no era del agrado de Hidalgo que se mentase el nombre de S. M., se quejó de esos procederes a los Prebendados de aquella Santa Iglesia [...], que habiéndole extrañado al Doctor Maldonado por qué en su periódico intitulado Despertador Americano no se contaba con el Sr. Fernando Séptimo, que era el principal objeto de la insurrección, contestó que eso no le parecía bien a Hidalgo [por lo que el declarante consultó] si sería lícito darle un veneno [a Hidalgo] para cortar esta idea suya y otros males que estaba causando como los asesinatos que de su orden se ejecutaban en dicha Ciudad, con los muchos más que amenazaba su despotismo; lo que no pudo ejecutar [aunque] compró el veneno por medio de Arias y lo repartió entre su propio hijo y el mismo Arias, para aprovechar la ocasión que se presentase a cualquiera de los tres [...]». * «Un documento desconcertante y poco conocido», en Sembradores de amistad, Monterrey, N. L., junio de 1962, año XIII, vol. XVIII, núm. 128. |