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Me parezco a san Pedro Imprimir
Escrito por Walter Turnbull   
Domingo 23 de Septiembre 2007

COLUMNA ABIERTA

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Me sorprendí grandemente al notar cuánto me parezco al apóstol san Pedro. No me refiero, claro, a ser el cimiento de la Iglesia o el pastor de las ovejas designado por Jesús o el hombre valiente que fue a Roma a morir por Cristo. No.

Por Walter Turnbull

Hace unas semanas, en un retiro, de pronto me sorprendí grandemente al notar cuánto me parezco al apóstol san Pedro. No me refiero, claro, a ser el cimiento de la Iglesia o el pastor de las ovejas designado por Jesús o el hombre valiente que fue a Roma a morir por Cristo. No.

Yo me he sentido igual a Pedro cuando, en un arranque de emoción y entusiasmo, en un momento de euforia, al descubrir que Cristo es el Hijo de Dios vivo (porque al menos eso sí he sabido reconocer) o al contemplar su gloria y su bondad, he propuesto sin saber lo que decía: «Señor, hagamos tres tiendas», como queriendo retirarme todo el tiempo junto a Él; o al ver su poder sobre la materia le he pedido optimistamente: «Señor, manda que vaya a Ti sobre las aguas». También igual que Pedro, he llegado a declarar alguna vez: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte».

Faltas de entendimiento también las ha habido. Cuando, sin comprender el sentido del servicio y nuestra necesidad de salvación, en un ataque de falsa humildad le he dicho a Jesús: «Tú no me lavarás los pies jamás», Tú no te puedes rebajar a servirme a mí. O cuando, en vez de acercarme más a Él, le he dicho en una falta de confianza: «Aléjate de mí, que soy un pecador». O cuando me he sentido especial por ser un intento de apóstol y le he preguntado: «¿Dices esto por nosotros o para todos?». Y, peor tantito, cuando, sin aceptar el valor de la cruz, me he tomado la libertad de reprenderlo: «Señor, lejos de Ti que eso suceda».

Obviamente, mi mayor parecido con el gran apóstol se ha dado cuando no he podido velar ni una hora junto a Jesús, vencido por el sueño o por la desidia o por la flojera, y cuando, ante la presencia del peligro, el rechazo o la tentación, he preferido negarlo y decir que no lo conozco y vivir como si no lo conociera.

Las más de las veces me he identificado con Pedro cuando, al ver la violencia del viento, sintió miedo y comenzó a hundirse y tuvo que gritar: «¡Señor, sálvame!». Y al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

Ahora no me queda más que seguir el ejemplo de san Pedro hasta el final, e igual que él, después de haber negado al Señor, decirle desde el fondo del corazón: «Señor, Tú sabes que te amo». Aunque en mi caso mucho me temo que lo voy a tener que retocar para decir: Señor, yo sé que debo amarte, Tú sabes que quiero amarte; por favor, ayúdame a amarte. Después de todo, Jesús lo hizo con san Pedro, y san Pedro, finalmente, sí murió por Jesús.

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