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ENSAYOS CRISTIANOS 
«Si no puedes tener lo que deseas, por lo menos desea lo que tienes». Amar lo que ya es nuestro, querer cuanto nos ha sido regalado por Dios. La felicidad se queda casi siempre en la tierra cuando nosotros nos cansamos de buscarla en las estrellas.
Como acerca de la felicidad he escrito ya muchos artículos y no ha crecido ni siquiera mínimamente el número de las personas felices, hoy he decidido escribir sobre la infelicidad, esperando que las cosas se desarrollen de la misma manera y no aumente el grupo de los seres infelices. Infeliz. Aclaro desde ahora que voy a utilizar esta palabra con cuidado, casi con pinzas, pues se trata de un término que, al menos desde hace tres siglos, ha llegado a convertirse en un insulto. «¡Ese infeliz!...». Como si el hecho de no ser felices fuera algo por lo que debiéramos pedir disculpas. Para evitar falsas interpretaciones, aclaro de una vez que ser infelices no es un pecado, ni algo que tenga que ver con ningún tipo de transgresión moral. «Infeliz», aquí, es aquel que por alguna causa, o por algún revés, o por alguna contrariedad, o por alguna omisión, o por una serie de causas, reveses, contrariedades y omisiones, ha renunciado a decir de sí mismo que es feliz. En otras palabras, infeliz no es el bellaco ni el malvado, sino el que hasta el día de hoy ha estado como jugando a las escondidas con la felicidad. Hasta aquí las aclaraciones terminológicas. Ahora, a la cuestión. ¿Por qué son infelices los infelices? Hasta el momento no hay respuestas definitivas, sólo respuestas significativas. Veamos ahora dos de ellas. Una vez, hacia el siglo V a.C., le preguntaron a Buda: «¿Qué es el sufrimiento?». Respondió: «Encontrarse con lo que se odia, no encontrarse con lo que se ama, desear y anhelar sin obtener». Nueve siglos más tarde, san Agustín (354-430), al escribir (o dictar) su comentario al Evangelio de Juan, dijo a su vez: «No puede llamarse feliz el que no tiene lo que ama, sea lo que fuere, ni el que no ama lo que tiene, aunque sea lo mejor». Como es imposible que Buda hubiera leído a San Agustín, y muy poco probable que éste hubiera leído a aquél, hemos de suponer que ambos llegaron casi a la misma conclusión siguiendo cada uno su propio camino. Por lo menos, los dos coinciden en afirmar que la infelicidad es una carencia: una carencia no de felicidad, sino de aquello que la produce, es decir, la posesión de o el encuentro con aquello que se ama. Sin embargo, es preciso aclarar que, llegados a este punto, los caminos de estos dos maestros toman rumbos divergentes, pues mientras Buda aconseja la renuncia, la abolición del apego, San Agustín agrega: «Tampoco es feliz el que no ama lo que tiene»; es decir, no proscribe el amor, sino que lo pide más extenso: un amor que se vuelque también sobre lo que no se amaba e incluso sobre lo ya que teníamos y no pensábamos conquistar. Es como si dijera: «¿Te consideras infeliz porque no tienes lo que amas? Bien, pues no te cruces de brazos esperando tenerlo, ni tampoco te desesperes, pues todavía hay una puerta abierta para ti: ama lo que tienes. Acaso sólo cuando ames lo que tienes vendrá a ti lo que no tienes, y entonces serás feliz, pero ahora de una manera mucho más completa y perfecta». Sólo una vez me quejé del trato que la fortuna me daba —cuenta de sí mismo Sa’di (1213-1291), el gran poeta persa—. Tan pobre era que no podía permitirme siquiera unos zapatos. Así que fui a la mezquita de Kiyah con el corazón dolorido y quejoso. Y allí vi un hombre sin pies». Su rebelión interior se aplacó entonces casi como por ensalmo. ¡Y él que creía ser el más pobre de todos! La moraleja es inevitable: es cierto que andas descalzo, pero hay otros que ni siquiera tienen pies; no debes ser tan desgraciado, después de todo. A los hombres que se creían muy infelices, Joubert, el moralista francés, dio una vez el siguiente consejo: «Si quieres vivir feliz, haz la lista de los males que no tienes». Hay que amar también lo que ya tenemos. Y aquí entran no sólo nuestras facultades o riquezas interiores, sino también, y sobre todo, las personas que nos han sido dadas por la vida y con cuyo amor ya contábamos porque era anterior a cualquiera de nuestros esfuerzos. ¡Con cuánta indiferencia tratamos en ocasiones a estos seres! A menudo ni siquiera los vemos. Nos sucede como a los enamorados, que por naturaleza son siempre injustos con respecto a aquello que no sea el objeto de su pasión; su mirada es profundamente excluyente: ¡a los otros seres ni siquiera los ve, ya sean padres, hermanos o amigos! Pues bien, dice san Agustín, si lográramos amar precisamente a estos hombres y mujeres seríamos un poco menos infelices. También ellos anhelan nuestro interés, nuestra mirada cálida, nuestras atenciones más delicadas. «Si no puedes tener lo que deseas —aconsejaba un rabino medieval—, por lo menos desea lo que tienes». Amar lo que ya es nuestro, querer cuanto nos ha sido regalado por Dios y por la vida: he aquí el camino que nos propone un hombre que conoció casi todos los caminos. Quizá tenga razón. La felicidad se queda casi siempre en la tierra cuando nosotros nos cansamos de buscarla en las estrellas. P. Juan Jesús Priego |