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Detrás de la frase «cuanto más consumo más feliz soy» se encuentra un terrible signo de los tiempos actuales: el consumo de bienes y servicios de una sociedad que no se sacia con nada y que ha hecho de la fe y la esperanza algo superficial.
Por María Velázquez Dorantes
Detrás de la frase «cuanto más consumo más feliz soy» se encuentra un terrible signo de los tiempos actuales: el consumo de bienes y servicios de una sociedad que no se sacia con nada y que ha hecho de la fe y la esperanza algo superficial.
El consumismo —aun en tiempos de crisis económica— se presenta como una receta idónea para la felicidad del hombre. Gracias a la publicidad y a la mercadotecnia el aumento de necesidades creadas se mantiene.
En su etimología, la palabra «consumir» hace referencia a gastar o destruir. El hecho de acumular objetos materiales no se refleja en las emociones de los hombres; al contrario, la ansiedad que se experimenta mediante la compra acarrea una enorme frustración.
El consumismo como pecado social Los pecados sociales son aquellos comportamientos colectivos, donde el pecado personal viene a repercutir en los demás; un pecado social es la acumulación de muchos pecados personales, y, en aras del consumismo, se encuentran aquellos pecados personales como la acumulación innecesaria, la insatisfacción personal para con la vida, aquello que atenta contra del bien común, el reemplazo de lo espiritual por lo material, y las circunstancias del exceso de consumo que atentan e incitan al pecado, provocando una tentación.
La doctrina social de la Iglesia se ha concentrado en el tema del consumismo como uno de los tópicos modernos más preocupantes, dado que existe un excesivo abuso de las compras para suplantar los estados de ánimo y las emociones, además de la existencia de necesidades artificiales creadas para el hombre. Una vez que el hombre ha intercambiado usos comerciales y objetos materiales, quedan necesidades que a la Iglesia le preocupan, como la angustia, la necesidad de interioridad y el olvido de la oración.
El consumismo se da en las sociedades desarrolladas y altamente ricas, lo que lo viene a marcar como una consecuencia para el pecado social que contribuye a la brecha entre los ricos y los pobres, y a la riqueza excesiva. Las personas mueren por falta de alimento, mientras que otras consumen y desechan los alimentos como algo superficial e innecesario.
El consumismo como filosofía de vida Si la publicidad y la mercadotecnia trabajaran con ética y respetaran la vida y no las denominadas formas o estilos de vida nuevos, el resultado sería otro. ¿En verdad se es más feliz adquiriendo nuevos productos todos los días? ¿Es cierto que adoptar el consumismo como filosofía de vida aporta sentimientos de optimismo?
Por lo regular, la publicidad y la mercadotecnia trabajan con contravalores para aumentar el consumismo, como la envidia, el estatus social y la codicia. Se requiere de un verdadero compromiso y de una exigente responsabilidad social para combatir la sociedad de consumo, donde los valores se pierden por objetos materiales. El consumismo como filosofía de vida lo único que le ofrece al hombre es una felicidad efímera. Comprar por comprar no constituye una verdadera filosofía de vida, sino un acarreo de frustraciones, competencias, desilusiones, banalidades.
El mundo requiere de valores cristianos Para combatir el consumismo el mundo requiere de la construcción de valores cristianos, sostenidos en la fe, para producir esperanza y caridad, y con ello lograr entereza para encontrar la felicidad. Una sociedad cimentada en valores cristianos y humanos será una sociedad más conciente de la búsqueda de la felicidad, y con ello se podrá combatir el consumo como forma para ser feliz.
Es importante que el individuo recuerde que la felicidad no se puede comprar; las sociedades ricas, presas del consumismo, son las que, estadísticamente, registran mayores casos de depresión, alcoholismo, crimen, ansiedad, obesidad y suicidios.
El mundo requiere de menos consumo y más valores, de encuentros y menos desencuentros. El mundo busca más a Dios que al materialismo; la felicidad no es cosa de objetos, sino de sujetos. |