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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 01 de Febrero 2009

ENSAYOS CRISTIANOS

Image Si bien uno es libre de pensar como quiera, e incluso de sostener las opiniones más inverosímiles, también es un deber ético ineludible atenerse luego a las consecuencias.

Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí

Conocí hace tiempo, en un grupo juvenil, a una muchacha que se enorgullecía no poco de lo que todos llamábamos «sus ideas avanzadas». Era guapa, muy guapa, pero estaba poseída de un espíritu de contradicción que le afeaba el rostro y le ensombrecía el semblante. A todo decía que no: si los demás del grupo habían dicho que sí, y si se necesitaban voluntarios para oponerse a algo, ella siempre estaba dispuesta a ser la primera en levantar la mano. Cuando, por ejemplo, los demás muchachos habían analizado ya todas las ventajas de una cierta toma de posición, ella era invitada a expresar las desventajas. Su vocabulario personal estaba lleno de frases como éstas: «Sí, pero es necesario ver también que»… «Esto es verdad, y, sin embargo, amigos»...

Recuerdo todavía la cara que pusieron sus compañeros cuando dijo ésta cierto día en un tono casi doctoral: «Cada uno es libre de seguir los impulsos soberanos de su corazón. Si a una mujer le gusta otra mujer, y se aman, y deciden vivir juntas constituyendo lo que hoy se llamaría una pareja, ¿qué tiene de malo, a quién perjudican con ello? ¿Y qué hay de malo en que un muchacho se enamore de otro muchacho?», etcétera. Daba la impresión de ser una joven desinhibida y profundamente liberada.

Cuando, en otra ocasión, se habló en el grupo del aborto, la eutanasia y el nazismo, sus opiniones fueron igualmente chocantes. Respecto a esta última cuestión, por ejemplo, dijo: «No lamentemos que los judíos asesinados por Hitler hayan sido seis millones; lamentemos, más bien, que sólo hayan sido seis millones». Todos nos volteamos a ver con cara de espanto. ¿Cómo podía decir alguien una cosa semejante? ¿A qué monstruo habíamos dado entrada en nuestras reuniones semanales? Y, sobre todo, ¿cómo podía alguien llamarse cristiano diciendo tales salvajadas? Los dirigentes carraspearon, yo mismo carraspeé, pero nadie se atrevió a decirle nada: con ella, en una palabra, no había remedio.

La última vez que la vi, sin embargo, sus posiciones habían cambiado mucho. Ya no era aquella exaltada señorita de hacía unos meses que esbozaba una sonrisa de satisfacción al comprobar que sus opiniones habían tocado ciertas fibras; ahora estaba más serena e incluso hablaba menos. Es lógico, se hallaba en el hospital y las sondas le impedían todo tipo de movimiento. ¿Qué le había pasado, si tres meses atrás lucía tan bella y tan saludable?

Cuando me vio entrar, ya no me desafió, como hacía antes, sino que se limitó a bajar la cabeza y a dirigir la mirada hacia una botella de suero que goteaba lentamente sobre su cabeza. Sabía que yo sabía, y se avergonzaba. Sabía que yo sabía que dos días antes había intentado quitarse la vida.

¿La razón? Descubrió que su novio era gay y que mantenía al mismo tiempo dos romances: uno formal y serio con ella, y otro apasionado y secreto con un muchacho del barrio. Ahora bien, ¿cómo lo supo? Por este mismo muchacho, que le habló una tarde por teléfono para decirle que su novio la engañaba con él, y, claro, no había podido, como dirían los italianos, gestire il conflitto.

Mi amiga se mesaba los cabellos, en gesto evidente de desesperación. 

— ¡No quiero vivir! —gemía— ¡No quiero vivir!

— ¿Por qué no?  Tú misma afirmaste, y no una vez sino muchas, que esto no tenía importancia. Dijiste en voz alta que dos muchachos que se amaban no tenían por qué pedir permiso a nadie para…

Pero yo no quería apenarla más de lo que ya estaba, de modo que decidí cambiar de tema.

Mas, pensemos: ¿no era esta misma joven la que meses atrás juraba que no había nada de malo en que dos jóvenes del mismo sexo se amaran y fueran novios? Sí, era la misma, sólo que ella hablaba entonces de otros muchachos, de los millones de muchachos que no eran su novio. Los otros sí podían hacer lo que les viniera en gana, pero él no. El tenía que ser para ella —como me lo dijo en el hospital quizá citando a algún poeta— nada menos que todo un hombre.

 A esta actitud que quiere que los demás soporten lo que nosotros mismos no estaríamos dispuestos a soportar, Albert Camus (1913-1960) la llamó fariseísmo laico. Pero nuestros jóvenes, que apenas leen, no han leído a Albert Camus y mucho menos a Immanuel Kant (1724-1804), que fue quien acuñó esta regla de oro: «Cuando obres, obra de tal manera que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una ley universal»; regla que, traducida a nuestro lenguaje callejero, podría enunciarse así: «Cuando hagas algo, fíjate que lo que hagas pueda ser hecho por todo el mundo». La Sagrada Escritura es mucho más simple; dice: «No hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a ti».

Pero esta muchacha quería para los demás lo que por nada del mundo hubiera querido para ella; era, pues, hipócrita. Como lo era aquella servidora pública que después de haber aplaudido en un debate por televisión la posibilidad de que en un futuro se legalicen en México los matrimonios homosexuales, se fue a cenar y dijo a su marido, para tranquilizarlo:

— Es claro, cariño, que yo nunca permitiría que nuestro hijo hiciera una cosa de ésas.

La mujer proponía para los otros, para los demás, para la mayoría, pero, ya aquí entre nos, como se dice, para ella querría otra cosa.

Termino ya: sí, uno es libre de pensar como quiera, e incluso de sostener las opiniones más inverosímiles, pero es un deber ético atenerse luego a las consecuencias.

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