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PÓRTICO 
Lo que hoy vivimos en el mundo es una explosión de personas abatidas por falta de pasión por las cosas de Dios y alejadas de todo aquello que ilumina el camino hacia lo eterno.
Por Jaime Septién Cuando uno cierra la última página de un libro del filósofo católico francés, Gustave Thibon (1903-2001), se tiene la impresión de haber salido como de una charla con un viejo y sabio amigo; un intelectual que, a la vez, conoce las labores del campo y ha tenido el tiempo suficiente, la tenacidad y el estudio, para situarse en el centro de la realidad cotidiana. Eso me pasó al concluir El equilibrio y la armonía (Belacqva, 2005), colección de artículos publicados por Thibon en el boletín «Manta-News» y luego reproducidos en buena cantidad de lugares de su país y el extranjero. Filosofía de la vida, sin grandes oscuridades, sin aspavientos. Por ejemplo: «El mejor medio de tomar precauciones contra la tentación de desafiar estúpidamente a la muerte es cumplir con todos los deberes de la vida». O: «La revelación y la atracción de lo alto son más eficaces para elevar y perfeccionar a los hombres, que el trabajo de los psicólogos, que se limita demasiado a menudo a explorar los bajos fondos». No podría escoger un tema al que trate con más profundidad Thibon. Pero es esa profundidad simple, como la de los lirios del campo o las aves del cielo, que alía la esperanza con la lucidez, la fe con la razón, la reflexión con el amor. «Nada predispone más al conformismo que la falta de formación», dice en uno de sus textos. Y da en el clavo: lo que hoy vivimos en el mundo, por influencia de la imagen y el espectáculo, es una explosión de personas abatidas por falta de pasión por las cosas de Dios y alejadas, casi como de la peste, de todo aquello que ilumina el camino hacia lo eterno: del estudio de la Palabra, de la poesía, de la buena música, del arte, de la cultura misma. Entre lo mucho que podría subrayar del libro me quedo con la necesidad, la urgencia, con la que Gustave Thibon (como decía el santo cura de Ars a uno de sus confesados) nos invita a tener piedad de nuestra propia alma; a no perderla en el barullo de los días; a defenderla a como dé lugar. No hay más reglas que las que nos han dado los santos. Y este es un bello resumen: «El santo es aquel que, ante los peligros que amenazan su alma y la del prójimo, reacciona con el mismo vigor y espontaneidad que cualquiera de nosotros reaccionaría ante los peligros de la muerte física». Cuando uno lee esto, cuando lo medita, concuerda con Thibon: «Solamente hay una cosa más importante que conservarse: cumplirse». |