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Los cristianos, además, creemos que en el origen de la vida en general, y de la humana en especial, está la mano creadora y providente de Dios.
Por el padre Umberto Marsich, m.x.
«No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18). Por esta razón, Dios hizo que el varón, desde el comienzo de la humanidad, estuviera acompañado por la mujer y viceversa. La dualidad masculina y femenina, por cierto, la encontramos presente entre todos los seres vivientes, en orden a un recíproco acompañamiento y en vista de su reproducción. Sobre esta base antropológica se sustenta, desde luego, ese impulso natural que todo ser humano siente, dentro de sí, para buscar con quien acompañarse, o sea, a quien amar conyugalmente, y con quien compartir un proyecto de vida amoroso y efusivo.
Los cristianos, además, creemos que en el origen de la vida en general, y de la humana en especial, está la mano creadora y providente de Dios. Nos negamos rotundamente a creer en la casualidad o en el azar cósmico. Hay demasiada perfección en la Creación y en la esencia humana para pensar en un big-bang creador. Sólo una inteligencia superior y divina puede ser artífice de la perfección y de la belleza del universo y de la vida humana.
En efecto, se nos relata en la Biblia que Dios creó al hombre y a la mujer a «imagen y semejanza» suya: «Y creó Dios al hombre a imagen y semejanza suya; macho y hembra los creó» (Gn 1, 27). A sabiendas, por la revelación, que la esencia divina es trinitaria, o sea, unidad y comunión de personas, deducimos, lógicamente, que el hombre será coherente con esa semejanza en la medida que viva en unidad y comunión con los demás; en unidad de cuerpo y alma y en comunión de vida con su propia pareja. Y es así como la familia humana, cuando es auténtica, se convierte en icono de la Trinidad divina.
De la lectura del Génesis se desprende, también, otra idea sustantiva, es decir, que el hombre y la mujer comparten la misma naturaleza humana y dignidad. Por eso la mujer, en el acto creador bíblico, parece ser sacada del hombre, y éste sólo con ella se revela capaz de comunión y de amor. El mismo relato de la formación misteriosa de la mujer indica, en efecto, la necesidad de la integración de los dos seres para encontrar su complementariedad y totalidad de ser: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2, 23).
Este espléndido diálogo de amor entre el hombre y la mujer lo que busca es la unión de cuerpos y unidad de espíritu: «Por eso dejará el hombre a su padre y su madre, se adherirá a su mujer y vendrán a ser los dos una sola carne». El desprendimiento de la familia de origen permite a la nueva pareja la formación de un núcleo de vida, autónoma y creativa, que, con el don de los hijos, se constituirá en lo que llamamos familia. Lo de «una sola carne», además, señala la constitución de una nueva identidad irreversible e indisoluble como el vínculo físico, legal y moral que ha surgido de la unión de cuerpos y voluntades de los esposos. Las referencias bíblicas, referidas a la pareja inaugural de la humanidad, de un lado, nos han descrito lo que, propiamente, es el matrimonio monógamo e indisoluble; las indicaciones de la misma naturaleza humana, de otro lado, lo ratifican y lo proponen como modelo universalmente aceptable y vivible. Por tanto, concluimos que el modelo tradicional de familia, fundamentada en el matrimonio monógamo entre hombre y mujer, es único y verdadero: obra de Dios y realización responsable y consciente del hombre. |