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OBRAS Y RAZONES
La Iglesia católica ha tomado la decisión de evangelizar usando el diálogo como una de sus herramientas más importantes. Es una apuesta por la razón que rompe los esquemas de nuestro tiempo...
Por Jorge E. Traslosheros
La Iglesia católica ha tomado la decisión de evangelizar usando el diálogo como una de sus herramientas más importantes. Es una apuesta por la razón que rompe los esquemas de nuestro tiempo, justo hoy que la intolerancia y la irracionalidad campean en el medio cultural bajo el manto del relativismo. Cuatro son los grandes ámbitos en que este diálogo se desarrolla: dentro de la Iglesia o intraeclesiástico, el ecuménico, el interreligioso y el que se que lleva a cabo con distintas manifestaciones culturales de índole no religiosa.
Si el buen juez por su casa empieza, el buen diálogo tendrá que seguir la misma senda. Por fortuna, la Iglesia en México ha dado signos de esperanza en este arduo camino. En el mes de noviembre se realizó la 86 asamblea plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano. En esta ocasión se ha dedicado a dialogar y compartir con cerca de ciento veinte laicos procedentes de todo el país. Puedo dar testimonio de que la pluralidad tan propia del laicado estuvo representada.
Quienes nos dedicamos a la historia de la Iglesia en México sabemos bien que la relación entre los laicos y la jerarquía no ha sido siempre fácil, conociendo un punto muy crítico en los años setentas y ochentas del siglo pasado, sobre todo en el terreno de las ideas y en el del acuerdo sobre el papel que a cada quien toca jugar en la comunidad eclesial. Por ambas partes ha habido intentos de convertir al otro en instrumento. Por lo que toca a los laicos, en ciertos sectores intelectuales la arrogancia ha llevado a pretender no sólo corregir al magisterio, sino incluso sustituirlo. Entre otros casos, el intento de manipulación política ha estado a la orden del día, lo mismo entre sectores de «izquierda», que entre los de «derecha», todos queriendo usar a la Iglesia y su Magisterio como obuses de sus personales batallas y proyectos. Por el otro lado, la jerarquía ha sucumbido en más de una ocasión a la tentación de considerar a los laicos como «auxiliares de los obispos», en beneficio de una visión clericalista de la Iglesia. En este ambiente, el diálogo al que tanto invitaron los padres del concilio Vaticano II había enfrentado innumerables dificultades.
En la 86 Asamblea el diálogo entre obispos y laicos fluyó, en mi opinión, porque se dieron tres condiciones. Primero, que la caridad dominó sobre la vindicación. Cada parte aceptó la responsabilidad que le toca en orden a un encuentro de corazones. Segundo, que se reafirmó el hecho de que la Iglesia es más que la suma de sus partes, que se es cristiano por un encuentro con la persona de Jesús y no por la adhesión a cierta visión de la política o del mundo. Que la fe no es ideología, sino compromiso amoroso. Y tercero, se comprendió que la Iglesia es comunión orgánica de carismas en la cual el obispo representa el Magisterio, una jerarquía, un liderazgo que se ejerce desde la caridad y con fundamento en principios religiosos antes que ninguno otro, y que los laicos somos auténtica expresión sacramental del servicio de la Iglesia al mundo. Del encuentro me quedo con dos compromisos que los laicos sostuvimos como necesarios a nuestra circunstancia: que es moralmente inaceptable que traicionemos por acción o por omisión los valores del Evangelio en la vida privada y pública y que, como personas enamoradas de Cristo y de su Iglesia, tenemos una agenda clara que atender orientada a la promoción de una cultura centrada en la dignidad humana, cada quién en su ámbito de competencia y actividades cotidianas. Como Iglesia, obispos y laicos reafirmamos nuestra voluntad, en comunión con los apóstoles, de ser testigos de Cristo en el mundo dando razones de nuestra esperanza. Hago votos para que el camino iniciado se mantenga por la misma senda: el diálogo en la caridad. |