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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 11 de Enero 2009

CON PERMISO

Image África tropical soporta la codicia indisimulable, el capricho tortuoso de los hombres que pretenden hacer del mundo un coto particular en el que los demás hombres son el instrumento de su avaricia sin límites.

Por Miguel Aranguren

África tropical, desde el cielo, es un festival de colores: arcilla roja y verdes de mil tonalidades entre jirones de nubes. África tropical, desde el suelo, es un golpeteo de pies descalzos que huyen por el ovillo invisible del miedo, de verdura desgarrada por el silbido de los proyectiles, de tallos y ramas que se tronzan por los cortes de los machetes que buscan enemigos hasta debajo de las plantas.

África tropical es un concierto ensordecedor de piares, aullidos, gorgoteos, cantos, zumbidos y crepitares. África tropical tiene la música del Edén, la de las manos inocentes que marcan ritmos y compases sobre los troncos huecos, en una lata vacía, en un recipiente de plástico. Y sobre ese golpear sonoro de la naturaleza y del hombre se suman las voces que empastan el color y el calor de esa tierra misteriosa que esconde tantas riquezas. Pero África es también el silencio repentino en las copas de los árboles, el deslizarse sigiloso de las botas de un soldado, de un guerrillero que con la punta del cañón de su ametralladora levanta las briznas de hierba en busca de una mujer, de un niño escondido. Y cuando los descubren, la canción africana se convierte en gemido doloroso, en llanto espeluznante, en grito que desgarra la bóveda arbórea para subir por encima de la selva hasta alcanzar esos jirones de nubes que tan bien se compenetran con el paisaje.

África tropical —Congo, Rwanda, Uganda...—  soporta la codicia indisimulable, el capricho tortuoso de los hombres que pretenden hacer del mundo un coto particular en el que los demás hombres son el instrumento de su avaricia sin límites. Y detrás, siempre, la sombra de Occidente —por acción u omisión— y, lo que es más grave, la de ese monstruo de inoperancia que se traga tanto dinero en funcionarios, misiones, cúpulas, más funcionarios y que cuenta con su propio «ejército de paz», los temidos Cascos Azules, un regimiento formado por lo peor de cada casa, soldados que merecerían la suspensión de sus funciones militares y la cárcel y que, por arte de birlibirloque, terminan violando, extorsionando y robando a las pobres víctimas de las guerras de África tropical con el marchamo de su casco celeste. Todo buena voluntad.

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