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CRITERIOS 
El Papa arranca su reflexión con la profecía del Deuteronomio, que anuncia el cumplimiento de la esperanza mesiánica con la llegada de «un nuevo Moisés».
Por Mario De Gasperín Gasperín, Obispo de Querétaro La obra sobre Jesús de Nazaret del papa Benedicto XVI constará, nos dice, de dos partes; la primera abarca desde el bautismo de Jesús hasta su transfiguración en el monte, momento crucial en la revelación del misterio que encierra su persona. La segunda, aún no publicada, se referirá a su pasión, muerte y resurrección, así como al significado de los relatos de la infancia. La obra completa, sin llegar propiamente a ser un relato de la «vida» de Jesús, es más bien un tratado de cristología bíblica, un acercamiento al verdadero rostro de Cristo para facilitarnos el encuentro personal con Él. Jesús es el único hombre cuyo nacimiento fue anunciado; ningún «fundador» de las grandes religiones lo ha sido. El Papa arranca su reflexión con la profecía del Deuteronomio, que anuncia el cumplimiento de la esperanza mesiánica con la llegada de «un nuevo Moisés». El gran libertador y guía del pueblo de Israel, el confidente esclarecido de Dios, anheló «ver su rostro», sin haber podido satisfacer su deseo. Jesús, en cambio, es ese nuevo Moisés que ha visto a Dios, conoce al Padre y se mantiene siempre en intimidad con Él. La elección de los apóstoles y de Pedro, el llamado de los discípulos y la oración de los cristianos, brotaron de ese diálogo amoroso de Jesús con su Padre. En el Calvario, cuando Jesús pone su espíritu en las manos de su Padre, Éste acepta su sacrificio, lo resucita y lo constituye Señor y salvador. La Iglesia brota de esta experiencia filial de Jesús y la prolonga en el mundo. Para realizar tan sublime misión, Jesús tuvo que mostrar su continuidad y a la vez su superioridad respecto a Moisés. Lo hace de manera singular en el sermón de la montaña. Es interesante el diálogo que establece el Papa con el gran estudioso judío, Jacob Neusner, en su obra Un rabino habla con Jesús. El Papa muestra su aprecio por el judaísmo, invitándonos a mirar con respeto la gran obediencia histórica de Israel a la Torah, como expresión de la voluntad de Dios; pero al mismo tiempo demuestra cómo Jesús, observando la Ley, Él mismo la supera. Esta pretensión inaudita es sólo comprensible si Jesús la aprendió de Dios, si es el Hijo de Dios. Jesús también se distancia de todo poder humano, desde el inicio de su misión. Es el sentido profundo del relato de las llamadas «tentaciones» o pruebas de Jesús. Se deslinda de manera contundente del poder político: cuando una religión se arrima al poder, termina sirviéndolo. Los poderosos de este mundo, como Satán, reclaman sumisión y adoración; tientan sin cesar a Dios, se atreven a ponerse en su lugar y «creen transformar las piedras en pan, pero lo que hacen es dar piedras en lugar de pan» (p. 56). Sólo el poder que se pone bajo la protección del cielo, es decir, de Dios, puede ser benéfico para el hombre. Sólo éste es confiable. «Si hoy tuviéramos que elegir entre Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios e Hijo de María, y Barrabás (que, según una tradición, también se llamaba Jesús y significa «hijo del padre»), ¿tendría Jesús alguna posibilidad?» (p. 64). El libro nos invita cordialmente a no repetir el error. |