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LA VOZ DE LOS PASTORES 
He presidido la celebración litúrgica del sacramento matrimonial de varias parejas; pero últimamente lo hago con más temor que antes.
Por Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas VER He presidido la celebración litúrgica del sacramento matrimonial de varias parejas; pero últimamente lo hago con más temor que antes porque cada vez son más las que al poco tiempo se separan. Hay jóvenes con pocos años de casados que discuten y pelean por cualquier cosa; se desestabilizan y pueden naufragar. Lo mismo pasa a quienes llevan ya varios años. En algunos casos parece que no hay esperanza de reconciliación, máxime cuando la mujer es independiente económicamente. Lo más grave es que algunos novios van al altar pensando que, si no se entienden, tienen derecho a irse cada quien por su lado y «rehacer» su vida con otra pareja. Les parece lo más normal no atarse por siempre a alguien, con quien en un determinado momento ya no se comprenden. En algunas carreteras hay un gran cartel con una pareja muy enamorada. Dice que el marido parece muy tierno, incapaz de romper un plato, pero le rompió el brazo a su esposa. La solución que propone es: «Denúncialo». Con la buena intención de evitar el maltrato intrafamiliar y los abusos machistas del varón, pareciera que la única solución son las rejas. Con consejos como éste, se prescinde de la reconciliación. JUZGAR Desde el principio de la humanidad, Dios instituyó el matrimonio como la unión total entre hombre y mujer (cfr, Gn 2, 18-24). Su proyecto es que la familia sea estable; por tanto, que no haya infidelidades ni divorcios (cfr. Mt 5, 27-28.31-32). Es muy claro lo que narra el Evangelio al respecto: «Se le acercaron unos fariseos y le pusieron a prueba con esta pregunta: ¿Está permitido a un hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo? Jesús respondió: ¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: ‘El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne’? Pues bien, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt 19, 3-6). Pero los fariseos adujeron que Moisés les permitió el divorcio. A lo cual Jesús respondió: «Moisés vio lo terco de ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se casa con otra, comete adulterio» (Mt 19, 8-9). En la ceremonia católica los novios se dicen uno a otro: «Yo te acepto a ti como mi esposa(o), y prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarte y respetarte todos los días de mi vida». Éste es el plan de Dios para el matrimonio: la unidad y la indisolubilidad. El plan del mundo es que cada quien ande con quien quiera, y que no hay por qué soportarse uno a otro, como si esto fuera indigno e injusto. San Pablo da unos criterios muy concretos para construir una buena familia: «Puesto que Dios los ha elegido a ustedes, los ha consagrado a Él y les ha dado su amor, sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes. Sopórtense mutuamente y perdónense cuando tengan quejas contra otro, como el Señor los ha perdonado a ustedes. Y sobre todas estas virtudes, tengan amor, que es el vínculo de la perfecta unión. Que en sus corazones reine la paz de Cristo, esa paz a la que han sido llamados, como miembros de un solo cuerpo. Finalmente, sean agradecidos» (Col 3,12-15). Sin embargo, cuando hay problemas, la Iglesia, como madre experta en humanidad, aconseja el perdón mutuo y tratar de recomponer la unidad; pero permite que, en casos graves, pueda haber una separación, pero no un nuevo matrimonio sacramental: «Si uno de los cónyuges pone en grave peligro espiritual o corporal al otro o a la prole, o de otro modo hace demasiado dura la vida en común, proporciona al otro un motivo legítimo para separarse, con autorización del Ordinario del lugar y, si la demora implica un peligro, también por autoridad propia» (Código de Derecho Canónico, canon 1153). Separación, sí; divorcio religioso, no hay. ACTUAR San Pablo recomienda: «Mujeres, respeten la autoridad de sus maridos, como quiere el Señor. Maridos, amen a su esposa y no sean rudos con ella» (Col 3,18-19). La rudeza del esposo contra su esposa, y de ésta contra aquél, es contraria al plan de Dios. La violencia intraconyugal es opuesta al modelo de familia que Dios quiere. Pero la sola denuncia ante los jueces muchas veces agrava la situación. Hay que aprender a perdonarse y tolerarse. Quien no es capaz de perdonar no sabrá convivir con nadie, pues todos tenemos defectos. |