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PÓRTICO
Ahora todo el mundo vuelve los ojos hacia atrás y se pregunta: ¿qué hemos hecho mal para caer tan en picada? Es muy sencilla la respuesta…
Por Jaime Septién
Llegamos —ahora sí, providencialmente— al final de 2008. Un año que la historia habrá de recordar como el de la segunda crisis financiera más grande después de la de 1929. Crisis financiera que —como ha repetido el Papa Benedicto XVI— es producto de dos cosas: de la avidez por el dinero que ha propiciado el neoliberalismo salvaje, y del abandono de la ética del bien común entre los agentes de la especulación. Comenzó todo esto en Estados Unidos. Todavía no vamos ni a la mitad. La OCDE (el llamado «club de los ricos») prevé 20 millones de desempleados adicionales en 2010; algo así como el 10 por ciento de la Población Económicamente Activa de los países miembros; entre ellos, México.
Ahora todo el mundo vuelve los ojos hacia atrás y se pregunta: ¿qué hemos hecho mal para caer tan en picada? Es muy sencilla la respuesta: nos hemos olvidado de que un sistema social, económico y político es sólido en la medida que se basa en la ética del bien común, y que esa ética está sustentada en fuertes convicciones religiosas. No es posible que un «agente del mercado», o el mercado mismo, tengan convicciones diferentes a la ganancia máxima (sin importar cómo) si no tienen idea de que cada uno de los pobladores de este planeta —blancos, negros, cafés, amarillos— somos hijos de Dios, iguales en dignidad y en derechos; iguales en oportunidades y en capacidades; en fin, que cada uno de nosotros es una historia sagrada que —como repite Jean Vanier— tiene que florecer para que se de en él (especialmente en el más pobre o desvalido) la manifestación de la gloria de Dios.
Nada de esto ha entendido ese semidiós de la modernidad que es «el mercado». Nada de esto han entendido los gobiernos que le han apostado todo al desarrollo de las fuerzas económicas y nada al desarrollo de las fuerzas morales. Hoy, que estamos al final del año en el que hizo explosión un estado de cosas insostenible (e injusto), Dios Nuestro Señor nos pide abandonarnos a su Misericordia y acogernos a su Providencia; es decir, dejar atrás el hombre viejo (el de la avidez de dinero) y encontrar en el servicio al otro, en el amor cristiano y en la eficacia del bien, el camino por donde transita la gracia. Es la revolución que espera no «los mercados» sino el corazón de los hombres. |