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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 28 de Diciembre 2008

CON PERMISO

Image Uno no sabe cuándo se le van a caer las escamas de los ojos, esos prejuicios que nos impiden conocer la verdad de las cosas.

Por Miguel Aranguren

Uno no sabe cuándo se le van a caer las escamas de los ojos, esos prejuicios que nos impiden conocer la verdad de las cosas. Me sucedió apenas unos días atrás, pues tuve la suerte de contemplar la relación de una madre con su hijo, un niño chico que la abrazaba y llenaba de besos, y hasta buscaba su regazo para cerrar los ojos de pestañas rubias y echarse a dormir con la confianza de quien siente el calor de una protección segura…

De niños estudiábamos el Catecismo de la Iglesia Católica adaptado a nuestra edad. Aquella repetición de memoria de cada uno de sus puntos formaba parte de la asignatura de religión y de las sucesivas catequesis. Una vez conocidos los textos, llegaba el momento de adentrarse en los distintos matices de las Verdades de la Fe, el contenido de los sacramentos, las obras de misericordia, los Mandamientos y hasta el significado de las principales oraciones del devocionario. Aquel librito compendiaba los conocimientos básicos para recibir la primera Comunión y la Confirmación. Era el resumen perfecto de la ciencia religiosa para un cristiano de a pie.

En las primeras páginas comprendíamos que la fe gira en torno a un Dios que es padre, pero recuerdo con cierta inquietud la aseveración de que «los cristianos somos hijos adoptivos de Dios por la Gracia», adopción que logramos «a través del Bautismo». Lo de «hijo adoptivo» siempre me sonó a filiación de segunda clase, a una paternidad distante, despreocupada, como si la única fórmula posible para generar una relación paterno-filial fuese la natural.

Las escamas de los ojos se me cayeron ante aquel niño que dormía en el regazo de su madre después de haberla coronado de besos y caricias. Aunque ahora vive en Madrid, los primeros cuatro años de su existencia los pasó en un orfanato de cualquier provincia rusa, sin referentes maternales ni paternales, a pesar de los cuidados de una administración supongo que eficiente. No logro imaginar el deseo con el que buscaba la seguridad de unos padres adoptivos ni el anhelo de esos padres por encontrar a ese hijo adoptado. Sus padres, que son un precioso reflejo de Dios que nos busca, recorrieron medio mundo para traerle a España junto con su hermana y entregarles una familia total, real y definitiva.

Mientras le contemplaba, dormido en brazos de su madre, me acordé del Catecismo y desapareció mi infante inquietud ante la paternidad adoptiva de Dios.

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