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OPINIÓN
Dios pasa por María para tomar cuerpo de hombre, y la vida pública de Jesús comienza a una indicación de ella. Con justicia se le llama «María, puerta del Cielo». Si Dios ha querido, en su libérrima voluntad, comenzar por ella, ¿qué otra cosa podemos hacer nosotros? Propósito para el año: acercarme más a ella. Tomarme de su mano.
Por Walter Turnbull
Para terminar el año, la receta de siempre: perdón y gracias. Gracias por la oportunidad, que la tuvimos todos los días, de acumular un tesoro en el cielo. Gracias por los momentos gratos que nos hablan de la ternura de Dios y de la felicidad posible. Gracias por los momentos ingratos que nos mueven a la solidaridad, a buscar el Reino de Dios y a recapacitar en nuestras faltas y, si fuera el caso, a compartir el sufrimiento de Cristo para poder compartir también su gloria. Oportunidad de cualquier modo. Perdón, si no la supimos aprovechar.
Para empezar el año, seguir la indicación de nuestra Santa Madre Iglesia y volver la mirada hacia la Maternidad Divina de nuestra Santísima Madre, la Siempre Virgen María. Qué sabia decisión poner esta feliz solemnidad en esta fecha. Primero de enero: «María, Madre de Dios». Todo comienza con ella. «Yahveh me creó, primicia de su camino, [...] antes que sus obras más antiguas y era yo todos los días su delicia, [...] y mis delicias están con los hijos de los hombres» (Pro 8, 22-31).
Los evangelios según san Mateo y san Lucas se refieren a ella como principio. San Juan, después de una deslumbrante introducción que sintetiza toda la historia de la salvación, incluyendo la Iglesia católica, nos presenta la poderosa acción de María en esa historia, en el entrañable pasaje de «las bodas de Caná». Dios pasa por María para tomar cuerpo de hombre y la vida pública de Jesús comienza a una indicación de ella. Con justicia se le llama «María, puerta del Cielo». Si Dios ha querido, en su libérrima voluntad, comenzar por ella, ¿qué otra cosa podemos hacer nosotros? Propósito para el año: acercarme más a ella. Tomarme de la mano de la Madre de Dios para que ella me lleve con su Hijo, que ha querido compartirla con nosotros. Dejarnos guiar por la «llena de todas las virtudes». ¿Quién puede acercarnos más a un hombre que su amadísima madre? Puede no ser el único camino, pero ciertamente es el más seguro.
Ha habido quien se opone a creerlo, y se han quedado en la herejía. Entre teólogos serios, la postura ha sido abrumadoramente a favor: María, nuestra madre, es también Madre de Dios. Profunda y bonita canción aquella: «Quien hizo las estrellas te vino a mendigar tu carne y tu latido de mujer. El Dios Omnipotente no quiso renunciar al gozo de acunarse en tu querer». |