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La pena de muerte: Tres razones contra la sinrazón Imprimir
Escrito por Jorge E. Traslosheros   
Domingo 28 de Diciembre 2008

OBRAS Y RAZONES

Image La pena de muerte: Tres razones contra la sinrazón

Por Jorge E. Traslosheros

El gobernador de Coahuila, Humberto Moreira; el infaltable Partido Verde, y algunos sectores del PRI han propuesto restablecer la pena de muerte en México para delincuentes de monta mayor, sin importarles que exista una declaración de moratoria internacional contra dicha pena, que México haya signado todo cuanto acuerdo internacional se ha proclamado contra la misma, y que el 9 de diciembre de 2005 se haya eliminado de la Constitución mexicana. El principal argumento que utilizan los proponentes es que los sondeos de opinión señalan que una parte significativa de la población ve con buenos ojos pasar a cuchillo a secuestradores, narcotraficantes y personas de semejante calaña. La indignación social se comprende, la propuesta de estos políticos es un despropósito. Aquí quiero destacar tres razones contra la sinrazón.

En primer término, la pena de muerte no mejoraría nuestro aparato de seguridad; lo haría más injusto. El sistema de procuración y administración de justicia en México no funciona: la impunidad alcanza umbrales del 90% y se encuentra infiltrado por el crimen organizado. Por lo mismo, no es posible identificar y castigar a los malos diferenciándolos de los buenos, que es lo mínimo que se debe exigir en materia de justicia penal. Aplicar la pena de muerte en estas condiciones sería tanto como realizar sacrificios humanos para aplacar la ira de los dioses. Ahora bien, si todo funcionara adecuadamente la pena de muerte sería innecesaria, toda vez que, ante la posibilidad cierta de atrapar, procesar y encerrar al malvado carente de redención humana, entonces sería posible aislarlo de la sociedad de manera definitiva. La pena de muerte no hace más justo a  un sistema y ejemplos sobran. Bastaría echar un vistazo al norte. Sobre los crímenes de la delincuencia habría que sumar los crímenes del Estado. El círculo de la muerte se cerraría sobre nosotros.

En segundo lugar, la pena de muerte encubre la ineficiencia de nuestros políticos. En lugar de perder su tiempo con semejantes ocurrencias, deberían ponerse a trabajar en la reforma radical a nuestro sistema de seguridad, procuración y administración de justicia que por largos años han pospuesto. Han preferido realizar cambios a la ley que resultan ser insuficientes y timoratos, por decirlo con suavidad. Lo que urge no es aumentar las penas contra este tipo de delincuentes, que ya son muy elevadas y con justicia. Lo que urge es una reforma profunda que permita hacer eficaz la acción del Estado en la protección de los ciudadanos. Quienes proponen la pena de muerte y al mismo tiempo se niegan a reformar el sistema de justicia en México parecen apostar al fracaso de la guerra que contra la delincuencia organizada ha emprendido el gobierno federal, la cual requiere, para triunfar, de las reformas tantas veces aplazadas. En política no hay casualidades, estamos ante una propuesta populista y electorera que quiere distraer la atención sobre el problema de fondo y montarse sobre la justa indignación social para llevar agua a su molino. 

En tercer lugar, la pena de muerte generaría un daño grave a nuestra cultura y a nuestra incipiente democracia. El problema que venimos arrastrando es la crisis cultural, ética y moral en la que vivimos, derivada de la pérdida de sentido sobre la dignidad inherente a toda persona. Esto ha llevado a despreciar tres valores que están en el fondo de todo diseño social que pretenda el desarrollo armónico de quienes viven en su seno. Estos valores son la vida, la justicia y la libertad, precisamente los que el crimen organizado desprecia con lujo de violencia. No es casualidad que estos valores sean también el fundamento de una democracia incluyente y participativa como la que deseamos para México. No necesitamos más muerte, lo que requerimos es construir una cultura centrada en la dignidad humana, lo que está estrechamente vinculado a la formación de una auténtica democracia orientada al bien común. No nos hace falta la ley de la selva en que ya vivimos, ni su variante que es la ley del talión en la cual nos quieren meter. Necesitamos justicia, no venganza; vida, no muerte.

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