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PÓRTICO
Navidad es algo más que una llamada a ser buenos; es una llamada a ser santos.
Por Jaime Septién
«Navidad no es una llamada a la buena voluntad de los hombres, sino un anuncio gozoso de la buena voluntad de Dios para con los hombres», escribió en El Misterio de la Navidad Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Papal y uno de los más profundos conocedores de los misterios de Cristo en la vida de la Iglesia.
Navidad es algo más que una llamada a ser buenos; es una llamada a ser santos. Una santidad silenciosa y grave, como la del niño Jesús en el pesebre. Dios nos ha amado hasta el extremo de entregarnos su Amor infinito envuelto en modestos pañales y arropado por las estrellas.
Navidad es —según el propio Cantalamessa— «la suprema epifanía del amor de Dios»; la suprema demostración de su ternura hacia los hombres, a quienes hizo a imagen y semejanza suya. Por eso, «para comprender el misterio de la Navidad es necesario tener el corazón de los santos».
Navidad es el milagro venturoso de la encarnación. La beata Angela da Foligno escribió en su libro de oraciones: «La encarnación realiza en nosotros dos cosas: la primera es que nos llena de amor; la segunda nos hace sabedores de nuestra salvación (…) Cuando tú, Jesús, me haces comprender que has nacido para mí, veo la gloria inmensa que supone para mí comprender este hecho».
Navidad es la fiesta de la paz, aquella paz que anunciaban los ángeles y que nos corresponde imitar aquí y ahora. Que desde nuestros corazones se derrame la quietud, la calma y la alegría del cristianismo, para que el mundo, tenebroso y triste, amarrado a sus miserias, conozca que la belleza de Cristo es la única belleza que salva. |