|
OPINIÓN
Que esta Navidad, al meditar ante el nacimiento, además de la ternura y la alegría que inspira en nosotros tan dichoso acontecimiento, sepamos descubrir esa humildad y ese servicio del que Dios mismo nos pone la muestra.
Por Walter Turnbull
Que esta Navidad, al meditar ante el nacimiento, además de la ternura y la alegría que inspira en nosotros tan dichoso acontecimiento, sepamos descubrir esa humildad y ese servicio del que Dios mismo nos pone la muestra, y podamos pedir como la madre Teresa de Calcuta: «Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida»
En estos tiempos de autoestimas y vanidades, la Navidad es una fiesta de la humildad.
«He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra», había dicho María al ángel el día de la Encarnación del Verbo de Dios. Y Dios, en respuesta, se pone en sus manos como un niño indefenso, necesitado de todo.
Dios se había enamorado de la humildad de María: «Ha puesto sus ojos en la humillación de su esclava», y ahora «me llamarán dichosa todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí».
Siempre habrá que recordarlo: Cristo participa de nuestra vida de hombres para que nosotros podamos participar de su vida de Dios. Él, «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). Dios participa de nuestra pequeñez para que nosotros podemos participar de su grandeza. Dios nos demuestra su grandeza practicando la humildad. Y el camino de esa grandeza es precisamente la humildad y el servicio: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 25- 28). Qué bueno fuera que los gobernantes y los poderosos de todo el mundo vieran sus privilegios como una ocasión de servir. Dios, que es el Amo y Señor del Universo, es ciertamente quien más sirve.
El camino de la redención y la elevación del hombre empiezan por una humillación y una oportunidad de servicio. Empieza por Jesús, María y José: Jesús sirviendo al hombre y María y José sirviendo a Jesús.
Que esta Navidad, al meditar ante el nacimiento, además de la ternura y la alegría que inspira en nosotros tan dichoso acontecimiento, sepamos descubrir esa humildad y ese servicio del que Dios mismo nos pone la muestra, y podamos pedir como la madre Teresa de Calcuta: «Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida [...] Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos». |