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LUCES Y AMORES
El paganismo moderno, en efecto, ha ido sustituyendo las imágenes tradicionales de la epifanía cristiana con figuras cuyos únicos atributos «navideños» son la nieve, los colores verde y rojo y su procedencia nórdica.
Por Alejandro Soriano Vallés
Es curioso cómo las estadísticas nos hacen creer cosas que, en la práctica, son de otro modo. Así, sólo porque más del 85% de la población mexicana declara serlo, solemos pensar en ella como cristiana; en realidad, ocurre lo contrario.
Por desgracia, si atendemos a la vía de los hechos en vez de a la de los números, descubriremos que vivimos en una sociedad neopagana, donde los «valores», aunque intenten mimetizarse con los del Evangelio, de ningún modo son los suyos. No sólo hemos coexistido demasiado tiempo con ateos y agnósticos sino, sobre todo, con una mayoría indiferente que, llamándose «cristiana», en la práctica resulta idólatra.
El paganismo moderno, en efecto, ha ido sustituyendo las imágenes tradicionales de la epifanía cristiana con figuras cuyos únicos atributos «navideños» son la nieve, los colores verde y rojo y su procedencia nórdica. Así, sin importar si se trata del logotipo de la Coca Cola o de un sonriente Mickey Mouse, cualquier efigie que los ostente puede legítimamente llamarse «navideña». No es, luego, extraño que sintamos el «espíritu» de esta fiesta «adornando» nuestros coches con astas de reno o —característica aún más importante— acudiendo a toda prisa y en el último instante a la tienda a ver qué compramos para «demostrar» nuestro amor.
Porque en el neopaganismo el amor se manifiesta con objetos. Son estos fetiches modernos, hijos del consumismo, la mejor prueba de que «queremos» a alguien. Evidentemente, los cristianos expresaron desde temprano su alegría por el nacimiento del Niño-Dios agasajando a los demás, pero hay que hacer notar la diferencia fundamental: mientras la felicidad de los seguidores de Cristo proviene de la conciencia del hecho medular de la encarnación de su Señor, siendo los obsequios para ellos una manifestación sobreabundante que intenta comunicar y compartir tal felicidad, para los neopaganos es el regalo en sí la «evidencia» de su amor. A la fiesta cristiana se la despoja de esta forma de su dimensión trascendental: ya no es una fiesta divina, donde el amor a los demás provenga del amor al Salvador, sino una fiesta entre hombres, surgida de los hombres y cuyo único fin es hacerles saber, mediante objetos, qué tan «amorosos» son.
Lo que compramos se ha convertido así en un fetiche, en un ídolo, pues confiamos en él para que comunique lo que, con nuestros actos, somos incapaces de exteriorizar. Le concedemos atributos en cierta forma sobrenaturales, como si pudiera hacer lo que nosotros no. Muchas veces para muchos de nosotros los regalos navideños son un buen modo de salir del paso y, sin compromisos posteriores, dejar asentado nuestro «amor». La navidad neopagana, por supuesto, tiene un dios supremo: el dinero. Acuciados por los sacerdotes de la publicidad, acudimos presurosos a su templo; esperando, claro, y sin entregarnos a nada ni a nadie que no sea él, que solucione presta y efectivamente nuestros problemas.
Según se ve, la navidad neopagana se parece (superficialmente) a la cristiana, mas su origen y destino son distintos: ambas hablan de «amor», pero mientras el de la primera —porque ha surgido de ella— se queda en la Tierra, el de la segunda —como su Señor— baja a ella del Cielo; mientras el de la primera se consume en el fuego fatuo con que cada temporada se inflama, el de la segunda se extiende a largo del año, siendo la Navidad sólo su preparación; mientras al de la primera lo excitan los comerciantes, al de la segunda el misterio de Belén. |