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PÓRTICO
México es un país hermoso que, en las navidades, se vuelve todavía más hermoso. La semilla que supieron sembrar en el corazón indígena los misioneros del siglo XVI sigue germinando con las posadas, las pastorelas, los villancicos y hasta en la gastronomía.
Por Jaime Septién
México es un país hermoso que, en las navidades, se vuelve todavía más hermoso. La semilla que supieron sembrar en el corazón indígena los misioneros del siglo XVI sigue germinando con las posadas, las pastorelas, los villancicos y hasta en la gastronomía. Son días de gozo porque —como en ninguna otra fecha, salvo la Pascua— los mexicanos reencontramos nuestros orígenes, asumimos con alegría nuestra identidad, habitamos la tradición sin preguntas.
Un siglo y medio de adoctrinamiento jacobino, una leyenda negra de la «conquista espiritual», un odio exacerbado hacia la Iglesia, han dado al traste con el goce de nuestras raíces más profundas. Buena parte de la división que hoy mismo soporta México viene de ahí, del habernos robado –por pura ideología— el saber y el sabor de nuestra herencia católica.
También la publicidad y el consumismo han tenido otra parte de culpa. Lejos de preparar la venida del Señor en nuestro corazón, lejos de la conversión y de la alegría íntima que surge cuando el Niño nace en el alma, nos disponemos a gastar, a comprar, a preparar la fiesta, a despilfarrar amistades, aprecios y enseñanzas para «ganar» unas cuantas noches de olvido y una cuantas madrugadas de desazón.
Si nos fijamos bien, las tradiciones mexicanas de la época de Navidad son el perfecto ejemplo de la fusión de dos culturas; de cómo el misionero tomó las semillas de verdad que había entre los antiguos mexicanos y no las desapareció en la nada ni las usó para la explotación, sino que las incorporó al festejo por la visita de la Gracia envuelta en rústicos pañales. Porque el misionero sabía —Pedro de Gante, Juan de Zumárraga, Bernardino de Sahagún— que la Redención abarca a todos los hombres y el Amor derramado en la Cruz abarca a todos los pueblos.
El acontecimiento guadalupano ha sido —por decirlo así— la puerta de entrada al misterio anual que revive en nosotros la venida del Salvador. No es casualidad. La Virgen María, que fue el primer tabernáculo de la historia, es la que anuncia la buena nueva de que México es una casita donde rezarle a su Hijo. Una casita de luz, como nuestros nacimientos populares. |