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VIGÍA ESPECIAL: TRADICIONES MEXICANAS
Hasta hace unos años, los mexicanos nos sentíamos orgullosos de nuestras tradiciones y las presumíamos ante propios y extraños
Por Javier Algara / San Luis Potosí
Hasta hace unos años, los mexicanos nos sentíamos orgullosos de nuestras tradiciones y las presumíamos ante propios y extraños. Además de ver en ellas algunas características propias de la mexicanidad, por su colorido y vocinglería, las percibíamos como una fuerza que ayudaba a mantener el tejido social y familiar de la nación mexicana. Entre esas tradiciones estaban las que forman la agenda celebrativa de la época navideña y de Año Nuevo. Pocas personas ignoraban el papel de las posadas, por ejemplo, en la integración familiar y el fomento de la piedad en torno al misterio de la Encarnación. Pero, obviamente, no bastó tener claro en la mente la importancia social y religiosa de esas tradiciones; la pugna de los valores por apoderarse del corazón de los mexicanos ha sido tremenda y las posadas no salieron bien libradas. Las tradiciones navideñas mexicanas, al igual que sus significados y las formas de celebrarlas, se vieron forzadas a competir con otras actividades que ni son mexicanas, ni son navideñas, ni tienen significados parecidos. Pero, desgraciadamente, las tradiciones se encontraron en desventaja. Entre otros factores, la dimensión religiosa, que era lo que justificaba originalmente las celebraciones navideñas, perdió mucho de su fuerza ante el laicismo y relativismo que se han enseñoreado de la vida de muchos hogares. Vaciadas de significado, las posadas se enfrentan a otras diversiones invernales en una desigual lucha de cascarones vacíos: las velitas y el ponche caliente vs. Santa Claus y sus trineos llenos de mercaderías. Y ¿para que celebrar una posada, con Peregrinos, rosario y todo, si ya Jesús no tiene cabida en la familia; si los mismos padres de familia ya escindieron sus raíces cristianas? Vale más —se piensa— aprovechar el ambiente festivo y organizar para los niños una fiesta infantil cuyo centro de atención sea exclusivamente la piñata, o un bailongo donde los mayores se diviertan, deseándose «felices fiestas», en un ambiente asépticamente arreligioso. La insistencia en mantener a flote la tradición de las posadas, como mera herencia cultural mexicana, sin, por lo menos, encontrar un modo nuevo de resaltar su valor original, está condenada a fracasar. Esto significa, en otras palabras, encontrar otras maneras de restablecer la primacía de Cristo ante el poderío del mercado. Las posadas, y otras tradiciones navideñas de México, si quieren tener éxito, deben convertirse en auténticos anuncios del Evangelio. No olvidemos que lo navideño es tal porque se refiere a la Navidad, y «Navidad» significa una sola cosa: el nacimiento de Cristo. Las tradiciones navideñas, así entendidas, están al servicio de la Iglesia, en cuanto que fortalecen la iglesia doméstica y configuran comunidades caracterizadas por el amor y la unidad. Consecuentemente, en ellas deben estar presentes la Palabra de Dios, la oración y la oportunidad de que los asistentes se sepan parte de una comunidad nacida en torno a Cristo.
«Entren santos Peregrinos, Peregrinos, reciban este rincón», más que un inocuo estribillo que marque el inicio de la hora de las piñatas, debería ser una verdadera oración, inspirada en la fe de los cristianos mexicanos.
Si no se pide posada para los Santos Peregrinos, la fiesta no es una posada
Las posadas son un novenario de preparación a la fiesta de la Natividad de Cristo, que inicia el 16 de diciembre y culmina el 24. Su origen se remonta al siglo XVI, cuando los misioneros cristianos llegados a la Nueva España decidieron inculcar en los indígenas el espíritu evangélico, sustituyendo así las fiestas paganas del solsticio de invierno dedicadas al dios Quetzalcóatl, en las cuales durante nueve días se trataba como rey a un esclavo, haciéndolo bailar y cantar por toda la ciudad, y a la media noche del último día se le sacrificaba sacándole el corazón, mientras todo el pueblo se congregaba en los patios de los templos, iluminados por enormes fogatas, y al otro día se ofrecía una rica comida y unas estatuas pequeñas.
En 1587 el superior del convento de San Agustín de Acolman, fray Diego de Soria, obtuvo del Papa Sixto V un permiso que autorizaba en la nueva España la celebración de unas Misas llamadas “de aguinaldo”, en las que se intercalaban pasajes de la Navidad. Posteriormente se les agregaron luces de bengala, cohetes, villancicos y, un poco después, la piñata.
Con el tiempo las posadas pasaron a celebrarse en las casas, con el rezo del rosario y una serie de letanías. Hoy queda poco de eso, y a cualquier fiesta previa a la Navidad suele llamársele, equivocadamente, posada. Sin embargo, lo que hace que una fiesta de posada sea tal, es la petición de alojamiento para María y José; puede faltar la piñata o cualquier otro elemento, pero no el acompañamiento de los Santos Peregrinos.
A continuación presentamos el texto para la petición de posada. No está bien establecido el número de paradas que deben hacerse antes de que las puertas se habran a la Sagrada Familia, pero aquí lo preparamos para tres. Si las familias decidieran una sola estación, habrán de cantarla toda de un solo tirón (omitiendo el «Ya se va María muy desconsolada...), divididos los participantes en dos grupos: unos afuera de la casa, con los Peregrinos, y otros adentro:
Afuera en la primera casa En el nombre del Cielo os pido posada pues no puede andar mi esposa amada.
Adentro Aquí no es mesón, sigan adelante; yo no puedo abrir, no sea algún tunante.
Afuera No sean inhumanos, dennos caridad, que el Dios de los Cielos se los premiará.
Adentro Ya se pueden ir y no molestar porque, si me enfado, los voy a apalear. Afuera, en camino a la segunda casa Ya se va María muy desconsolada porque en esta casa no le dan posada.
Afuera en la segunda casa Posada te pide, amado casero, por sólo una noche la Reina del Cielo. Adentro Pues si es una reina quien lo solicita, ¿cómo es que de noche anda tan solita?
Afuera Venimos rendidos desde Nazaret. Yo soy carpintero de nombre José.
Adentro No me importa el nombre, déjenme dormir, porque ya les dije que no hemos de abrir.
Afuera, en camino a la tercera casa Ya se va María muy desconsolada porque en esta casa no le dan posada.
Afuera de la tercera casa Mi esposa es María es Reina del Cielo, y Madre va a ser del Divino Verbo
Adentro ¿Eres tú José? ¿Tu esposa es María? ¡Entren, Peregrinos, no los conocía!
Afuera Dios pague, señores, vuestra caridad, y los colme el Cielo de felicidad.
Adentro Dichosa la casa que alberga este día a la Virgen Pura la hermosa María.
Al entrar cantan todos Entren, Santos Peregrinos, Peregrinos, reciban este rincón. Aunque es pobre la morada, la morada. os la doy de corazón. |