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ALCENA
Con motivo del fallecimiento de Carlos Abascal Carranza, católico y político mexicano, El Observador entrevista a Rodrigo Guerra López, director del Centro de Investigación Social Avanzada y autor de diversos libros sobre antropología, bioética y filosofía social.
El martes 2 de diciembre murió Carlos Abascal Carranza, ex secretario de gobernación e importante político y empresario mexicano. ¿Qué significado tiene su deceso en el contexto actual que vive México?
«Con gran pesar muchos mexicanos recibimos la noticia de la muerte de Carlos Abascal. Si bien es cierto que se le recuerda como político y como empresario, su identidad más profunda y más definitoria era la de ser un católico no-vergonzante. Esto tiene un especial significado en el contexto mexicano actual: los católicos podemos y debemos participar y perseverar en la acción cívica y política sin caer en actitudes intimistas o privatizadoras de la experiencia cristiana. Debemos reaprender el difícil arte de transformar las estructuras del mundo según el espíritu del Evangelio para así ofrecer un referente superior al del poder como factor de configuración de la vida personal y social de nuestros pueblos. En este terreno, Carlos Abascal, sin dudas, fue un hombre del todo ejemplar que supo asumir las más altas responsabilidades políticas con humildad y generosidad admirables».
Recientemente Carlos Abascal y usted colaboraron con los obispos mexicanos en la organización de la LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal dedicada a relanzar el papel de los laicos en la vida pública. ¿Cuál fue la contribución de Carlos Abascal en este esfuerzo?
«Manuel Gómez, director del IMDOSOC; Carlos Abascal, director de la Fundación Rafael Preciado; y su servidor recibimos la encomienda por parte de los obispos de ayudar a organizar una asamblea episcopal inédita en su temática, en su metodología y en su trascendencia. Durante varios meses nos encontramos en reuniones semanales que implicaron discusión y evaluación de diversas alternativas y propuestas. La diferente sensibilidad y formación de cada uno de nosotros tres se puso en juego. En el marco de estos trabajos, Carlos Abascal, como hijo de la Iglesia, dedicó muchas de sus energías en buscar que este evento permitiera crear una plataforma de despegue para un nuevo protagonismo de los fieles laicos en la vida pública de México. Él estaba muy preocupado por abrir un nuevo escenario que permitiera que los laicos redescubramos nuestras obligaciones cristianas en la construcción de las instituciones sustantivas de nuestro país. Lamentablemente, por su estado de salud ya muy deteriorado, no pudo asistir a la asamblea episcopal pero fue representado por algunos de sus colaboradores y amigos quienes llevaron muchas de sus inquietudes a las mesas de diálogo. Si hubiera que resumir su contribución en este esfuerzo, tal vez habría que decir que Carlos no dejó de insistir hasta el final en que México necesita de una nueva generación de católicos que, superando los traumas históricos de generaciones pasadas, repropongan la pertinencia de la vertebración social y del trabajo efectivo por el bien común».
¿Qué significa «vertebración social»? ¿Por qué podría ser pertinente esto en México?
«‘Vertebración social’ es una expresión utilizada en México para manifestar que la sociedad debe de salir de su estado de anonimato a través de la revitalización de los organismos intermedios que, de manera solidaria, construyen el bien común. Juan Pablo II le llamaba a esto mismo ‘subjetividad social’. Tengo la impresión de que si bien Carlos Abascal participaba al interior de la vida de un partido político esto no hizo que disminuyera su simpatía hacia la idea de crear ‘nueva ciudadanía’, es decir, un nuevo estilo de asumir con mayor valentía, eficacia y realismo nuestras responsabilidades personales y colectivas. Esto es muy pertinente para México y para toda Iberoamérica en momentos en que muchas democracias parecen estar principalmente definidas por su momento procedimental. Mientras no emerja con fuerza una nueva ciudadanía, la democracia en América no llegará a ser verdaderamente una ‘democracia participativa’».
Muchos analistas destacan la congruencia de vida de Carlos Abascal y hasta sus detractores parecen admirarlo. ¿De dónde sacaba su energía y su coherencia personal este hombre?
Quienes pudimos tratarlo un poco, y quienes tuvieron la oportunidad de colaborar estrechamente con él en los últimos años, pueden dar fe que Carlos fue un auténtico testigo de la verdad en la vida política de nuestra nación. No era posible siempre estar de acuerdo en todo con él. La política, por su propia naturaleza, es una actividad contingente en la que son frecuentes las diferencias de enfoque y ponderación. Sin embargo, aun en los momentos de discusión era muy evidente su rectitud de conciencia, su afán de construir la unidad y de reconciliar aun a quienes se habían agraviado. De cuando en cuando solía recordar que la actividad política es como una dimensión social de la caridad. Solía recordar que el amor también tiene lugar en la política. Sólo por esta última convicción Carlos Abascal ameritaría ser recordado como un maestro para los que aún nos encontramos aquí.
¿Qué legado deja Carlos Abascal a los políticos mexicanos e iberoamericanos?
«Tengo la impresión que sólo con el tiempo podremos descubrir claramente su legado. Sin embargo, Carlos ya hoy es reconocido como un hombre que con una especial ascética laical supo forjar su personalidad de tal modo que logró evitar quedar seducido por el poder político o económico, por las fáciles vanidades tan propias de muchos gobernantes, por la frivolidad que consume la interioridad y que dificulta que la gracia opere a través de nosotros, instrumentos siempre frágiles y limitados. Esta es una gran lección para los hombres y las mujeres vocacionalmente dedicados a la política. No basta con hacer cosas buenas, estratégicamente concebidas y astutamente implementadas. Es preciso, además, ser buenos. La bondad no surge de un esfuerzo titánico de autosuperación sino de la docilidad con la que aceptamos la misericordia de Dios, su piedad y su compasión como medida de nuestra acción, incluso de nuestra eventual acción política».
Afirmar el amor dentro de la vida política ¿no es una falta de realismo político?
«Desde un punto de vista puramente pragmático el amor, el perdón y la misericordia son signos de ingenuidad y hasta de decadencia. Este es un aspecto clave del pensamiento de un filósofo como Nietzsche que mira en Cristo a un gran derrotado. Sin embargo, para los católicos comprometidos en la política el amor no sólo es un último recurso sino el primero y el más fundamental. El amor es el único modo de mantenerse anclados en la realidad. El amor, dicen los clásicos, es vía para el conocimiento. Si bien esto es válido en toda ocasión, tiene un especial significado para la acción política. El arte del bien común sólo se puede cultivar desde una adhesión afectiva y efectiva al Único necesario, a Aquél que es fundamento de todo y desde el cual todo se mira de una manera distinta. Desde este punto de vista, hoy necesitamos nuevos hombres y mujeres que con su vida nos recuerden que esto es posible. Esto no es una invitación a repetir mecánica o miméticamente a un hombre como Carlos Abascal. Significa que cada ser humano, de acuerdo con su vocación, personalidad e historia tiene que aprender a redescubrir lo esencial, y, a la luz de ello, tiene que trabajar por una sociedad más incluyente, más justa y más fraterna que permita a la gente advertir que el hombre no basta para el hombre sino que todos necesitamos pertenecer a Alguien más» |