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Carlos Abascal. Un legado para todos Imprimir
Escrito por Jorge E. Traslosheros   
Domingo 14 de Diciembre 2008

OBRAS Y RAZONES

Image Sus obras y sus razones, entre su sentir, su pensar y su actuar; que hizo de su fe una forma de existencia, testimonio que me parece relevante para los laicos.

Por Jorge E. Traslosheros

No conocí personalmente a Carlos Abascal. No he sido ni soy militante de partido político alguno. Tampoco soy empresario. Soy un profesor universitario, católico, laico y civil de los de a pie. Por lo mismo, juzgo de Abascal por su testimonio de vida, por su actuación personal en la vida pública. Desde esta perspectiva tengo la clara impresión de que fue un hombre «a carta cabal», como decían nuestras abuelas para referirse a quienes mantenían coherencia entre sus creencias religiosas, sus obras y sus razones, entre su sentir, su pensar y su actuar; que hizo de su fe una forma de existencia, testimonio que me parece relevante para los laicos, con independencia de nuestras preferencias políticas.

Los laicos católicos que ejercemos funciones culturales de impacto público, ya sea en la vida académica, en la política, o en cualquier otro oficio como pudiera ser el periodismo, tenemos ciertos problemas de coherencia -por decirlo suavemente- que nos impiden actuar con serenidad, inteligencia y libertad. Explicaciones a este asunto sobran, como lo es una historia de casi cien años de acoso cultural contra los católicos en México; pero lo que sirve para explicar no siempre sirve para justificar y tal es el caso. Cuatro me parecen las situaciones más ilustrativas. Primero, la de quienes viven con la intención de pasar desapercibidos, que prefieren vivir a la sombra que adquirir compromisos, por mínimos que éstos sean: son los católicos anónimos . Obvio es decir que no nos referimos a quienes por necesidad de supervivencia, por ejemplo laboral, se ven obligados a las catacumbas. En segundo término están quienes, viviendo casi en la esquizofrenia, actúan en la vida pública contra su propia fe escudados en mil pretextos, evitando siempre que sus «creencias se mezclen con sus convicciones», como escuché decir a un diputado de la ciudad de México al justificar su posición a favor del aborto: estos son los católicos vergonzantes. En tercer término podemos identificar a quienes, decididos a congraciarse con las normas de la corrección política, se declaran «católicos críticos» al grado de tomar iniciativas y promover causas que se agarran a cachetadas con una mínima convicción de fe: son los católicos «patones». Por último, que no al último, quiero mencionar a los católicos «manipuladores», que es una variante de los anteriores, que pretenden usar a la Iglesia como instrumento en sus aspiraciones políticas de tal suerte que, cuando no se les concede su capricho, brincan a la tercera y segunda categorías. De éstos hay en todo el espectro político, evidentes en la izquierda, ocultos a la sombra entre la derecha, pero, a final de cuentas, son lo mismo. De ser, en distintos momentos de nuestra vida, laicos anónimos, vergonzantes, patones o manipuladores no nos libramos; no obstante, tenemos la obligación de evitarlo, de revisar nuestra actuación de manera constante, con oración y discernimiento.

Si observamos el testimonio que nos dejó don Carlos Abacal, que es lo único que tengo para apreciar su legado, me parece que fue un ejemplo de laico, católico, comprometido, que hizo de la coherencia entre sus creencias, pensamiento y acción una forma de vida. No aceptó el cómodo anonimato y lejos quedó de ser un católico vergonzante, lo que le valió en ocasiones ser criticado injustamente. Tampoco hay evidencia de que intentara, desde su posición política, sin duda relevante en sus últimos años, manipular a la Iglesia en función de su agenda personal o política, elogiando cuando se le cumplía su capricho, pateando al clero cuando no se salía con la suya. Tengo la clara imagen de que Carlos Abascal, acorde a su testimonio de vida, no fue un católico anónimo, ni vergonzante, ni patón, ni manipulador. Fue un hombre «arrecho». Si observamos su actuación política, me queda claro que dio testimonio de valentía y coherencia, y mereció la consideración de cualquier laico dentro de todo el espectro político, ya se trate de la llamada izquierda, la derecha o el centro. Me parece que Abascal encarnó lo que en distintas ocasiones ha afirmado Benedicto XVI y a lo cual invita a los laicos: que no necesitamos partidos políticos católicos, sino católicos en la política y que éstos deben dar testimonio personal de su fe y razones de su esperanza.

Hago votos para que ningún partido o grupo político pretenda hacer de su persona y testimonio parcela de sus intereses, que nadie pretenda «privatizar» a don Carlos para manipular su figura de hombre religioso y político comprometido. Un testimonio de vida coherente como el que Abascal nos dejó es y debe permanecer como patrimonio de la sociedad, evidente ante creyentes y no creyentes, para políticos de todas las tendencias; a final de cuentas, un legado para toda persona de buena voluntad.

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