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Nasrudín y su hijo Imprimir
Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 14 de Diciembre 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

Image Es bueno escuchar a los demás y seguir su consejo; pero no debemos permitir que sus palabras nos pongan tristes, ni mucho menos que desbaraten nuestros proyectos. ¿Por qué no seguir yendo a la ciudad? ¿Sólo porque hay gente que va a hablar de nosotros? Pues bien, que hablen. De todas formas, no habrá ninguna manera de darles gusto. Y, si no, que lo diga Nasrudín.

Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí

Solía decir Gilbert K. Chesterton (1874-1936), el gran humorista inglés, que el día en que la humanidad se decida a vivir según las máximas aprendidas en los libros escolares, ese día habrá algo así como una conmoción universal. Lo mismo sucederá, pienso yo, cuando llevemos a la práctica las moralejas de algunos cuentos que nos sabemos.

Una vez, el hijo de Nasrudín, que era muy feo, confesó a su padre tener mucho miedo de salir a la calle, pues estaba convencido de que los vecinos se burlarían de él.

— ¡Eso sí que no!, le respondió Nasrudín. ¿A quién le puede importar lo que diga la gente? ¡Mañana mismo irás conmigo al mercado para que todos te vean!

Al día siguiente, muy temprano, Nasrudín aparejó el burro, se montó en él y pidió a su hijo que lo siguiera. ¡Tener miedo a lo que dice la gente, qué estupidez!

Muy cerca del mercado había una fonda en la que casi todos los hombres del pueblo se reunían para conversar y consumir grandes cantidades de tabaco. Cuando vieron a Nasrudín montado en el burro y a su hijo correr detrás de él, empezaron a murmurar diciendo:

— Vean a ese padre desconsiderado. Él va muy a gusto en el burro, mientras que su hijo casi se muere de la insolación y del cansancio.

Nasrudín oyó lo que decían aquellos hombres y se sintió apenado.

— ¿Oíste?, preguntó al muchacho. Pero no por eso vamos a desanimarnos. ¡Mañana volveremos al mercado!

El segundo día, padre e hijo intercambiaron papeles, y, así, mientras éste iba montado en el burro, aquél lo seguía a pie. En la fonda estaban los mismos hombres del día anterior, y, al ver a Nasrudín y a su hijo, volvieron a murmurar:

— Vean ustedes a lo que ha llegado la juventud de hoy. Mientras el pobre viejo apenas puede mantenerse en pie, el hijo recorre su camino muy quitado de la pena encaramado en el burro. ¡Qué desconsideración!

Al oír estas palabras, Nasrudín volvió a sentirse profundamente acongojado.

— ¿Oíste?, preguntó al muchacho. ¡Pues mañana volveremos al mercado!
Al tercer día, para evitar murmuraciones, Nasrudín decidió que tanto él como su hijo irían a pie jalando al burro. La fonda estaba llena de gente que, al ver a los recién llegados, empezó a murmurar diciendo:

-¡Observen a ese par de tontos! Ellos camina que camina y el burro quitadísimo de la pena. ¿Es que no saben esos idiotas que los burros fueron creador por Alá, bendito sea, para el trabajo y faena? ¡Si serán bestias!

La congoja de Nasrudín se hizo visible una vez más. No obstante, aquellos hombres tenían razón. ¡Los burros se hicieron para la carga y no para andar por la vida contemplando el paisaje!

— ¡Pues mañana volveremos al mercado!, dijo Nasrudín al muchacho.

Al cuarto día, para congraciarse con los hombres de la fonda, Nasrudín y su hijo se montaron en el burro y partieron a la ciudad. Pero aquéllos, nada más verlos llegar, desataron sus lenguas y empezaron a decir:

—¡Pobre burro! ¿Es que no le tienen piedad al pobre animal? ¿Cómo va a poder con tanto peso? Es cierto que los asnos fueron creados para la carga, pero no por eso hay que abusar de ellos.

Al oír estas palabras, Nasrudín se sintió más infeliz que nunca. Era verdad: ¡pobre burro!

— ¿Oíste?, preguntó a su hijo. ¡Pues mañana volveremos al mercado!
El quinto día, Nasrudín y su hijo llegaron a la ciudad cargando al burro, para ver si ahora sí conseguían la aprobación de la gente, pero ésta empezó reírse de ellos y a decir:

— ¡Miren a esos dos locos! Van cargando al burro en vez de montarse en él.

Desde ese día, ni el padre ni el hijo volvieron a aquel pueblo de murmuradores. ¡Pobre Nasrudín! ¡Y él que quería enseñarle a su hijo la sana compostura ante el qué dirán!

En 1984 un grupo de psicólogos estadounidenses hicieron una encuesta entre varios miles de personas agorafóbicas, depresivas y ansiosas, y descubrieron que había algo que las acomunaba independientemente de cuál fuera la enfermedad de cada una, a saber: que casi todas (el 96 por ciento) daba excesiva importancia a lo que decían los demás. «Casi todos los encuestados expresaron que detestan herir los sentimientos de otras personas».

«Probablemente se acerque más a la verdad decir que tienen miedo a ser rechazados o ridiculizados si dicen o hacen algo que a los otros no les gusta... Las personas con agorafobia crecieron creyendo que mostrarse complacientes —pese a sentir impaciencia o frustración- es mejor que ser honestas en cuanto a los propios sentimientos y opiniones. Como dijo una de ellas, sé que me pasé una gran parte de la vida haciendo lo que los demás querían que hiciera». (C.J. McCullough— R. Woods Mann, La ansiedad, Buenos Aires, Sudamericana, 1990).

Es bueno escuchar a los demás y seguir su consejo; pero no debemos permitir que sus palabras nos pongan tristes, ni mucho menos que desbaraten nuestros proyectos.

¿Por qué no seguir yendo a la ciudad? ¿Sólo porque hay gente que va a hablar de nosotros? Pues bien, que hablen. De todas formas, no habrá ninguna manera de darles gusto. Y, si no, que lo diga Nasrudín

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