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LUCES Y AMORES
Ya lo habíamos dicho antes: en el segundo país católico más grande del mundo ser católico es algo difícil. Recientemente me enteré de una clasificación que, me parece, define bastante bien las actitudes que suelen adoptar los bautizados.
Por Alejandro Soriano Vallés
Ya lo habíamos dicho antes: en el segundo país católico más grande del mundo ser católico es algo difícil. Recientemente me enteré de una clasificación que, me parece, define bastante bien las actitudes que suelen adoptar los bautizados.
La primera es muy notoria, se trata de aquéllos a quienes los jacobinos llaman «católicos militantes», es decir, simple y sencillamente las personas que se preocupan por poner en obra su fe. Muchas veces conocidos como «mochos», sobre ellos recae todo lo bueno y malo que pueda decirse sobre la fe cristiana. Cargados con tan grande honor y responsabilidad, sus vidas, actitudes y pensamientos son auscultados continuamente, de modo que se aguardan sus resbalones para hallar una justificación que vuelva «válidas» las críticas anticristianas que son el pan cotidiano de nuestra sociedad. Si este tipo de católico hace ostentación de su creencia en grado sobresaliente se expone a ser atentamente observado (y mordazmente criticado). Por tal motivo, su catolicismo deberá ser intachable, y más valdría que fuera en la acción y no en la expresión donde se manifestara. En efecto, el calificativo «militante» que los enemigos de Cristo utilizan como ofensa, es en realidad su timbre de gloria, pues una fe sólo de palabra —lo sabemos bien— está muerta. En este sentido, es verdad que no puede haber católicos que no sean «militantes», que no lleven a la práctica su creencia. Así, ocurre que a sus contrarios les encantan los católicos «no militantes» porque, arrodillados ante el mundo, no representan ningún peligro. Estos dizque católicos son para ellos muy cómodos, ya que, al encontrarse domesticados, secundan (validándolas así) las opiniones anticatólicas.
Dentro de este segundo tipo hay una subdivisión: católicos «patones» y católicos «vergonzantes». Ambas clases se confunden y complementan. El patón es aquel que hace profesión expresa de su fe, pero la acompaña de unas muy buenas y «modernas» patadas a la Iglesia. Esto, supone él, le otorga una brillante aureola de «liberal» y «pensador», porque siendo católico tiene la «capacidad» de darse cuenta de los «errores» y puntos de vista «retrógrados» de su Iglesia, lo que, claro, lo hace quedar «bien» con Dios y con el diablo. Son estos católicos los que el mundo recibe con los brazos abiertos.
Los vergonzantes son, como la palabra indica, quienes mantienen (al modo «liberal») en privado su fe, considerándola coto íntimo y asunto personal: fuera de sus almas y de los ocasionales rezos en silencio, la fe es algo que los abochorna. Para muchos de ellos creer en Cristo es una cosa únicamente «espiritual», que no tiene mucho que ver con la vida política y social, y que, por consiguiente, debe callarse. Es más, para los miembros de esta clase, la fe, en cuanto «espiritual», es completamente ajena a la inteligencia, de forma que no sólo doblan las manos en cuanto topan cierta oposición y crítica, pero corren a sumarse a sus detractores, cayendo así en la categoría de los patones.
El Señor nunca nos prometió que seguirlo sería fácil. Lo que sí aseguró fue que quienes lo hicieran sin desfallecer y sin avergonzarse, alcanzarían la Bienaventuranza. |