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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 14 de Diciembre 2008

CON PERMISO

Image Los profesores se quejan de que los adolescentes viven en un mundo virtual, en una irrealidad electromagnética que les exime de las responsabilidades propias que trae consigo cumplir años, hacerse mayor

Por Miguel Aranguren

Los profesores se quejan de que los adolescentes viven en un mundo virtual, en una irrealidad electromagnética que les exime de las responsabilidades propias que trae consigo cumplir años, hacerse mayor. Para muchos jóvenes, las cosas sólo suceden cuando aparecen en You Tube, en donde sufrir y morir es gratuito, una cuestión tan sencilla como apretar el botón derecho del ratón.

Sufrir y morir, los dos aspectos más inquietantes de nuestra existencia son también el argumento de buena parte de los videojuegos, en donde el púber se viste con la piel de un futbolista, de un violador de ancianas o de un degollador de niños de guardería. Por si fuera poco, los juegos se «tuestan», se piratean y se venden por unas monedas en cualquier esquina para desconcierto de los padres que desean estar al tanto de esos mundos de mentira en los que navegan sus vástagos. Y lo peor no es que en el top-manta se pierda el derecho de autoría, sino que se trata de una tienda en la que no hay control de acceso por edad. Sobre la sábana cruzada de cuerdas se vende hasta la madre del dueño del sótano en el que se copian los originales de veinte en veinte, si es preciso, por lo que no es de extrañar que el mundo virtual de nuestros jóvenes incluya violencia, pornografía, sadismo y, en algunos casos, hasta pederastia.

En todo caso, también los padres de nuestros adolescentes viven muchas veces en un mundo virtual. Con tal de que sus hijos no les den problemas son capaces de hacer que no ven, de soltar unos billetes cada fin de semana para que los muchachos no interfieran en su descanso adulto, de contentarse con el boletín de calificaciones como único termómetro de la salud moral de su prole. Y después pasa lo que pasa, que la virtualidad hace estragos, en ocasiones vergonzantes, en otras ponzoñosos. Parte el corazón descubrir que uno ha criado un monstruo, pero termina por necrosarlo conocer que ese monstruo se ha mirado en nuestro espejo, el de un padre y una madre indolente, ajeno a los niños una vez que estos ya no piden chocolate para merendar.

Como prevención, animo a descodificar estos mundos virtuales que nos fabricamos para huir de una realidad que nos aburre. Descubriremos que no es tan aburrida y que nuestros hijos pueden asomarse al espejo sin temor, confiados en que encontrarán el rostro de un héroe.

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