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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 07 de Diciembre 2008

PÓRTICO

Image Al finalizar su hermosa encíclica Salvados en la esperanza, el Santo Padre Benedicto XVI recuerda un himno de los siglos VIII y IX –de hace poco más de mil años—en el que “la Iglesia saluda a María, la madre de Dios, como estrella de mar”. Ave maris stella, comienza cantando el himno. ¿Por qué esa imagen dedicada a María?

Por Jaime Septién

Al finalizar su hermosa encíclica Salvados en la esperanza, el Santo Padre Benedicto XVI recuerda un himno de los siglos VIII y IX –de hace poco más de mil años—en el que “la Iglesia saluda a María, la madre de Dios, como estrella de mar”. Ave maris stella, comienza cantando el himno. ¿Por qué esa imagen dedicada a María?

Situado en el contexto histórico, viajes peligrosos en frágiles embarcaciones por el mar, las estrellas eran la guía de los marineros. Una de ellas, la más brillante, era la estrella del mar, que, en su religiosidad delicadísima, el hombre del primer milenio identificó con María, la Inmaculada, la guía en medio de la tiniebla hacia puerto seguro.

“Las verdaderas estrellas de nuestra vida –escribe el Papa—son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son las luces de esperanza. Jesucristo es, ciertamente, la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar a Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su sí abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros? (cf. Jn. 1,14)”.

La festividad de la Inmaculada Concepción de María –a la que le dedicamos este número especial—es, pues, la festividad de la luz, de la luz de la esperanza. En Lyón, Francia, el 8 de diciembre se celebra, justamente, la fête de la lumière (la fiesta de la luz) en la que la gente adorna sus casas, sus jardines, sus balcones con velas, mientras que la municipalidad organiza procesiones, espectáculos públicos, adorna las calles y las plazas y la gente abarrota las iglesias para celebrar a María. No puede haber fiesta más bella: es la fiesta de la orientación luminosa de la Virgen en la noche oscura de nuestra alma; la celebración jubilosa de Aquella por medio de la cual el Poderoso ha hecho grandes obras y a quien felicitamos todas las generaciones. Su sí cambió la historia.
(Al terminar estas líneas, encomiendo a Dios Nuestro Señor el alma de un católico bueno, de un gran hombre, de alguien que iluminó la política, la economía y el trabajo desde la fe: descanse en la paz de Cristo don José Carlos María Abascal Carranza, 1949-2008).

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