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FLOR DE HARINA 
Orar es ponerse a remojo en Dios, y si esto se hace largamente y bien, no hay bacalao que se resista.
Por el padre Justo López Melús Orar es ponerse a remojo en Dios, y si esto se hace largamente y bien, no hay bacalao que se resista. Orar es contemplar. Pero contemplar, más que mirar a Dios, es ser mirado por Dios. El que ora se purifica, y entonces no sólo verá a Dios, sino que será mirado por Dios, y Dios se reflejará en su vida... El sha de Persia convocó una vez un premio para el que le hiciera el retrato mejor. Acudieron muchos artistas con instrumentos y material. Uno llegó con un saquito de polvo misterioso... Al pasar revista, el sha admiró las hermosas estatuas y cuadros que intentaban reproducir su rostro. Llegó a la habitación donde trabajaba el hombre del polvo misterioso. Este no había hecho más que fregar, pulir, sacar brillo a las paredes de mármol de la sala. Y al entrar el sha, lo reflejaron perfectamente. Él se llevó el premio. Orar es estar expuestos a la luz de Dios como una cámara fotográfica. Entonces Dios nos «impresiona». Se graban en este «material sensible» los rasgos de su rostro, su imagen. Pero Dios es amor. Por tanto, en la oración fotografiamos el amor. Después, el contacto con los demás tendrá que revelar la película impresionada en la oración, y ampliar el rostro del amor. Si no reflejamos amor, será que en la oración no hemos centrado, no hemos enfocado bien a Dios. La oración bien hecha afinará nuestra mirada para descubrir las necesidades de los demás. Una oración será auténtica sólo cuando se resuelva en caridad. Mucha gente no entiende la oración. Es decir, sólo los fotógrafos saben rezar. |