|
Amado Nervo dedica el verso a otra, pero trata de describirla a Ella, a la única Llena de Gracia, y bastante bien lo logra, aunque sabemos que las palabras más excelsas no pueden abarcar la belleza que la envuelve.
Por Walter Turnbull
Todo en ella encantaba, todo en ella atraía, su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar...
Ingenua como el agua, diáfana como el día, al influjo de su alma celeste amanecía...
Cierta dulce y amable dignidad la investía de no sé qué prestigio lejano y singular... Más que muchas princesas, princesa parecía.
Yo gocé el privilegio de encontrarla en mi vía dolorosa;
por ella tuvo fin mi anhelar...
Amado Nervo dedica el verso a otra, pero trata de describirla a Ella, a la única Llena de Gracia, y bastante bien lo logra, aunque sabemos que las palabras más excelsas no pueden abarcar la belleza que la envuelve.
Todos hemos nacido —a menos que usted sea una notable excepción— de madres normales: mujeres con defectos y virtudes, con grandezas y limitaciones. Y así las amamos mucho y les agradecemos en el alma su inestimable entrega y su heroico sacrificio, porque todas ellas son ángeles de Dios, transmisoras de la vida biológica y de la vida espiritual, y todas son hermosas y todas son santas por el hecho mismo de ser madres, porque «tuve hambre y me diste de comer» (Mt 25, 35). Con sus virtudes y defectos.
Jesucristo, no. Él no tuvo una madre con defectillos. Él, que creó a su gusto los cielos y la tierra, también creó a su gusto a su amadísima madre, sin defectos, sin mancha, con todas las perfecciones imaginables presentes en ella, con toda la gracia y la armonía del mismo Dios, llena hasta el último rincón de su alma y de su cuerpo de su inefable presencia. No podía ser de otra forma la primera piedra de la Jerusalén celestial, la ciudad de Dios, cuyo esposo es su Hacedor, cimentada con zafiros (Is 54, 11). La digna morada del Verbo Encarnado. Tenía que ser una piedra perfecta, de belleza incomparable, de bondad inmensa, de fuerza irresistible.
Y la buena noticia, lo más maravilloso, es que Jesús nos la ha heredado, ha querido compartirla con nosotros. «He ahí a tu Madre. Recíbela en tu casa» (Jn 19, 27). Porque es de la madre de quien se heredan los rasgos y se aprenden los valores. Porque la madre es guía en el camino y defensa en el peligro. Porque de la mano de ella podemos llegar a nuestra meta: «ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4). Su pureza sin mancha, que recibió por un extraordinario privilegio, nosotros podemos alcanzarla por la Gracia, con algo de esfuerzo y con su ayuda. «Su sublime belleza —dice Juan Pablo II—, reflejo de la de Cristo, es para todos los creyentes prenda de la victoria de la Gracia divina sobre el pecado y la muerte.» Sólo así, siendo hijos de una madre Inmaculada.
Bendita sea tu pureza, bendita sea tu Inmaculada Concepción. |