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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 07 de Diciembre 2008

CON PERMISO

Image La vida es bella cuando el afán de hacer el bien se convierte en una necesidad.

Por Miguel Aranguren

La vida es bella cuando uno se le enfrenta con el ánimo de la aventura, pero no de la aventura devoradora que puede terminar por consumirte, sino de la aventura que invita a la reflexión y al cambio, y por la que merece la pena quemar las naves. Eduardo Verástegui la vive de esta manera, como una aventura de reflexión y cambio, aventura que empezó hace tiempo, entre la vorágine del éxito comercial de su físico y de su talento interpretativo. Porque los hombres que cambian, que le dan la vuelta a su destino, no renuncian al pasado, donde nace el cambio, ese chispazo genial —divino en este caso— por el que uno descubre que los dones recibidos son herramientas para algo mucho más apasionante que acumular fama y dinero.

La vida del actor mexicano cambió sin razones aparentes. Un testimonio, un puñado de conversaciones y un horizonte nuevo que produce vértigo. La fugacidad del físico, de sus ojos verdes, de la urgencia por triunfar en la meca del cine a cualquier precio, se transmutó de pronto. Ya no era él quien marcaba el ritmo de sus pasos, no era Verástegui el que colocaba los peldaños de su escalera hacia el éxito universal. Es más; el éxito universal, el local incluso, de pronto no valía nada ante la eternidad de ese horizonte. Dios y los hombres, sorprendente anhelo para un galán de telenovela, para un cantante ocasional destinado a enloquecer a las quinceañeras. Dios y los hombres... Y el cine. Porque la vida de Eduardo es bella gracias también al cine, al lenguaje sonoro y visual de la gran pantalla, vehículo oportunísimo para dar a conocer los perfiles de esa aventura que arrancó en Hollywood y parece no tener final, porque para los grandes aventureros no hay un resultado suficiente: la eternidad de Dios y la eternidad de los hombres, la trascendencia de esta vida genial, bella, en la que un chef chicano en el frío Nueva York se redime gracias a su empeño por contagiar la necesidad de amar, universal aunque la portemos anegada en tantos errores, desafectos y caídas.
La vida es bella cuando en la rutina del otoño sorprendes en la cartelera una película nueva, distinta, que reconcilia mis heridas, las tuyas, con este destino de aventura magna, a pesar de que tú y yo no seamos protagonistas de una telenovela. La vida es bella, en suma, cuando el afán de hacer el bien se convierte en una necesidad, en un reflejo de un mundo interior que va creciendo a una velocidad que no se alimenta de nuestras limitaciones sino de la paciencia del único gran espectador de esta nuestra película.

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