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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 30 de Noviembre 2008

PÓRTICO

Image «Adviento» es una palabra latina que en español podría ser traducida como «presencia» o «llegada». También como un estar a la espera de la presencia, de su arribo inminente. Para los cristianos, «Adviento» es la presencia de Dios...

Por Jaime Septién

«Adviento» es una palabra latina que en español podría ser traducida como «presencia» o «llegada». También como un estar a la espera de la presencia, de su arribo inminente. Para los cristianos, «Adviento» es la presencia de Dios, la constatación de que «Él no se ha retirado del mundo», como decía el entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, en 1978, en una conversación de Adviento con enfermos.

A la «llegada» de Dios hecho hombre, dentro de la realidad del mundo, corresponde un segundo elemento esencial del tiempo de Adviento: «la espera que es, al mismo tiempo, esperanza». En esa misma conversación el cardenal Ratzinger señalaba que «el hombre en su vida es un ser que espera». ¿Qué es lo que espera el ser humano? Que su tiempo sea lleno, que tenga sentido su existencia. Porque «cuando el tiempo no está lleno por sí mismo de una presencia con sentido, la espera se hace insoportable».

Dios se hace presente en el cuerpo tangible de un niño y en ese acontecimiento, que durante cuatro semanas esperaremos cantando y soñando, exaltados en las luces del árbol y en el calor sereno del pesebre, la existencia humana, a menudo miserable y oscura, recobra su esencia, su origen y su destino trascendente. El Adviento «es la forma propiamente cristiana de esperar y tener esperanza», advertía el cardenal Ratzinger a los enfermos y a cada uno de nosotros (enfermos, muchas veces, de cotidianidad, de mundo, de odio, de envidia, de rencores o de culpas).

El Adviento es, entonces, la presencia y la espera de lo eterno; pero además, «es también y de una manera especial, tiempo de alegría, y de una alegría interiorizada que el sufrimiento no puede erradicar». Alegría sanísima, la del reencuentro con una historia que nos constituye y nos restituye, la del regalo y el don de Dios de su Hijo, la de la sencillez que tonifica el alma. 

Este gran regalo de Dios a los hombres, el niño Jesús en el pesebre, alumbrado por el amor de San José y de la Santísima Virgen María; arropado por el vaho caliente del buey y el asno, es lo que esperamos en Adviento.  Y en la Navidad, que será el regalo de Dios a sí mismo, que nos vuelve a dar la vida y la alegría de que esperamos la vida eterna.

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