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VIGÍA
De nada nos serviría todo eso si la Navidad no es integrada al significado cristiano integral del Adviento.
Por Javier Algara
Al final de las semanas del Adviento, que ahora empezamos, nos espera la celebración gozosa de la Navidad, con su Misa de Gallo y las cenas familiares. Es lógico, entonces, concluir que el Adviento es un tiempo para que preparemos esa fiesta tan importante. Incluso muchas homilías dominicales así lo afirman. Las posadas —el camino a Belén de la Virgen que pronto será madre—, tercas sobrevivientes frente a la secularización reinante, también acentúan ese ambiente de expectativa de la fiesta del recuerdo de la natividad del Hijo de Dios. Los «nacimientos» en los hogares mantienen a la familia cristiana sintonizada en el acontecimiento histórico de la Encarnación. Qué bueno que el recuerdo de la Navidad anime este tiempo. Sería imperdonable olvidar ese acontecimiento que cambió la historia del mundo.
Pero de nada nos serviría todo eso si la Navidad no es integrada al significado cristiano integral del Adviento. El acontecimiento histórico de la Virgen dando a luz a Jesús, con todo y su carga de sentimiento religioso es, no obstante, algo que ya pasó y no volverá a pasar. El mero recordar, e incluso celebrar, el nacimiento de Cristo como un hecho importante del pasado, igual que recordamos tantos otros de la historia humana, no nos serviría de mucho si no lo identificamos como el momento de la inauguración del Reino de Dios, que tendrá su culminación cuando el Señor vuelva al fin de los tiempos. Es esta segunda venida en realidad lo que estamos esperando y preparando en el Adviento.
Adviento significa «llegada», y el término se utilizaba para referirse al arribo de los reyes a sus dominios. La Iglesia lo aplica a la segunda llegada del Señor Jesús, o más particularmente, al tiempo de espera de esa llegada. La celebración de la Navidad nos sirve para darnos cuenta de que Dios ya empezó a cumplir su promesa de salvación cuando el Niño nació en la gruta de Belén. Algo de eso nos enseña la iconografía oriental cuando pinta el pesebre de Belén en forma semejante a la tumba vacía de Jerusalén. Pero si la Navidad —el hecho histórico— marcó el inicio del Reino y la Parusía marcará su culminación, el Adviento, entonces, es la representación litúrgica del tiempo en que la Iglesia, cada uno de nosotros, vamos construyéndolo día a día en nuestras vidas concretas, a través de la fe, la conversión y el Bautismo —nuestro nacimiento nuevo—, y de la santificación de nuestras realidades a través del amor y cimentados en la esperanza, hasta que lleguemos a la plenitud de nuestra propia pascua, a nuestra muerte y resurrección. Los textos bíblicos de la liturgia de Adviento, por eso, más que hablarnos de la Encarnación, nos hablan de las señales que precederán la segunda venida del Señor y de lo que nos toca hacer mientras esperamos. Y por eso el lema de este tiempo es la antigua plegaria cristiana: ¡Maranatha, ven Señor Jesús! |