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COLUMNA ABIERTA
En medio de una crisis de dimensión mundial, acentuada por problemas de salud, delincuencia, trabajos escolares, conflictos juveniles y maestros de educación oficial, comenzamos el hermoso Adviento, el comienzo del año litúrgico.
Por Walter Turnbull
En medio de una crisis de dimensión mundial, acentuada por problemas de salud, delincuencia, trabajos escolares, conflictos juveniles y maestros de educación oficial, comenzamos el hermoso Adviento, el comienzo del año litúrgico. Nos preparamos para celebrar el nacimiento de nuestro Salvador, que colmó la esperanza de 19 siglos del pueblo judío, y recordamos su próxima venida en gloria, que nos llena de esperanza a nosotros. La Iglesia nos recomienda, como siempre en estas fechas, practicar la esperanza contra toda adversidad. Nuestro maravilloso Papa, Benedicto XVI, en su igualmente maravillosa encíclica Spe salvi (Salvados en esperanza) nos recomienda tres lugares para ejercitar la esperanza.
La oración.- «Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme —cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar—, Él puede ayudarme», dice la encíclica. Por más que a veces nuestra fe se sienta débil, nunca hay que perder la fe en la oración, aunque sea sencilla o incluso árida. En estos tiempos hay que insistir más.
El juicio de Dios.- Pensamos en la segunda venida del Señor. Para algunos podrá ser algo temible. Para un buen católico, es señal del triunfo y la justicia de Dios: «Sí, existe la resurrección de la carne. Existe una justicia. Existe la «revocación» del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho. Por eso la fe en el Juicio final es, ante todo y sobre todo, esperanza», nos asegura el Papa. Por eso las lecturas de este tiempo nos hablan del final.
La acción y el sufrimiento.- No podemos evitar el sufrimiento porque no podemos erradicar el mal. «Esto sólo podría hacerlo Dios: y sólo un Dios que, haciéndose hombre, entrase personalmente en la historia y sufriese en ella». Así es. El mal algún día será erradicado porque ese Dios existe, y es justamente lo que vamos a celebrar. Mientras tanto, Benedicto nos trae el testimonio de un mártir vietnamita que tuvo que sufrir enormidades en una prisión, en el que nos habla de «esta transformación del sufrimiento mediante la fuerza de la esperanza que proviene de la fe»: «Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de las tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia. En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo». Dios con nosotros. Ese es el sentido de la Navidad y el Adviento.
«El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino».
Éste es tiempo privilegiado para practicar la esperanza. |