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OBRAS Y RAZONES
Poco a poco, casi de manera imperceptible, se está desarrollando una revolución cultural en la humanidad y sus protagonistas son las religiones...
Por Jorge E. Traslosheros
Poco a poco, casi de manera imperceptible, se está desarrollando una revolución cultural en la humanidad y sus protagonistas son las religiones. Entre éstas se abre paso un diálogo con el fin de crear una agenda cultural común centrada en la dignidad humana, la justicia y la paz. Son dos sus motores: la libertad religiosa y el diálogo en la razón. Justo es decir que la Iglesia católica ha tomado la iniciativa. Benedicto XVI ha insistido en que, para que exista diálogo auténtico, es necesario seguir dos reglas básicas: primera, que nadie renuncie a su propia identidad y, segunda, que se busque con honestidad la verdad. Sólo de esta forma será posible encontrar las coincidencias, en respeto a las diferencias, para construir un entendimiento en pos del bien común. La Iglesia católica aplica estos motores y principios en dos grandes campos: el diálogo ecuménico y el diálogo interreligioso. A ello nos hemos de referir en nuestras próximas entregas.
El diálogo ecuménico se realiza entre cristianos de distintas confesiones. Se parte de un punto básico: todos profesan la misma fe en Jesucristo; pero la viven de distinta manera, con diferentes cuerpos doctrinales, litúrgicos y jerárquicos. Es posible diferenciar dos grandes familias. Por un lado, las Iglesias de tradición apostólica entre las cuales se deben contar, en principio, las orientales precalcedónicas, las católicas ortodoxas y la católica romana y; por otro, las congregaciones derivadas de la reforma protestante del siglo XVI, con sus muy numerosas divisiones. La primera gran familia, como su nombre lo indica, deriva de la fundación misma de los apóstoles y, a pesar de los siglos y pleitos, mantiene un cuerpo doctrinario y jerárquico donde las similitudes son mayores que las diferencias. Con éstas el diálogo ecuménico se orienta a recuperar la unidad original. Con las iglesias de tradición protestante el asunto no es tan claro debido a que, puesto que rompieron con la tradición apostólica, mantienen diferencias doctrinales profundas y a que, por su gran dispersión y diferencias internas, resulta difícil encontrar interlocutores precisos. En esta lógica, con las segundas el diálogo ecuménico busca construir agendas comunes en la promoción de aspectos culturales muy caros a la fe cristiana como, por ejemplo, la vida, la familia, la libertad religiosa; sin renunciar a experiencias mucho más profundas de oración y comunión al estilo del monasterio de Taizé.
El diálogo interreligioso, como su nombre lo indica, se da entre distintas religiones. Aquí el punto de partida es el reconocimiento de que no existe principio fundacional en común, si bien se busca con honestidad a Dios. Todo intento de acuerdo teológico o doctrinal ha terminado en el fracaso y es apenas lógico que así haya sucedido. Si el diálogo es honesto y se da en los términos arriba expuestos, nadie tiene derecho a pretender que el otro desconozca su identidad y creencias. Sin embargo, el diálogo y el acuerdo se llevan a cabo en orden a valores comunes, que son muchos, como la misericordia con el necesitado, el amor al prójimo y la centralidad de Dios en la vida del ser humano. Para la Iglesia católica el diálogo es particularmente importante con judíos y musulmanes porque provienen del tronco de Abraham y son monoteístas. Sin embargo, el diálogo se ha abierto con todas las religiones y una pequeña muestra de ello son los diferentes encuentros que se han dado y se dan entre monjes católicos y budistas por su común vocación mística.
En el diálogo entre cristianos y entre religiones no todo es chiflar y cantar. Existe intolerancia, persecución, violencia y muerte. Sin embargo, por lo general estos eventos están asociados a la manipulación política de movimientos con reivindicaciones nacionalistas, étnicas o incluso caciquiles, ya se trate de la India, del Medio Oriente o de Chiapas. El Papa ha insistido en que nada debe distraer el esfuerzo por el diálogo pues el precio sería altísimo para toda la humanidad. No olvidemos que se trata de construir un mundo justo y bello y que, en esta materia, los Estados han mostrado su enorme incapacidad. Hoy ha sonado la hora de las religiones y son éstas las que deben sentar los cimientos sobre la base de su milenaria sabiduría. |