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María corredentora, ¿posible dogma Mariano? PDF Imprimir Correo
Escrito por Walter Turnbull   
Domingo 16 de Septiembre 2007

COLUMNA ABIERTA

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María, a través de su «fiat» voluntario y libre y de todas sus obras, se convierte en la mediadora de todas las gracias que vienen al mundo.

Por Walter Turnbull

¿Qué se entiende cuando se habla de María como Corredentora?

Cuando se habla de María como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada (que sería el título completo), significa que, aunque todos estamos invitados a participar como mediadores en la distribución de las gracias salvíficas ganadas por Cristo, la de María fue una participación excepcional, por encima de cualquier otra, misteriosa y sobrenaturalmente fructífera y eficaz, e incluso posiblemente necesaria para la Salvación. Según esta doctrina, María, a través de su «fiat» voluntario y libre y de todas sus obras, se convierte en la mediadora de todas las gracias que vienen al mundo. Es decir, que su acto hizo que nuestra redención fuera posible. A diferencia de todos nosotros, que solamente podemos cooperar en la distribución de las gracias redentoras, María cooperó también en su adquisición. En palabras de Juan Pablo II, «La colaboración de los cristianos en la salvación tiene lugar después de lo acontecido en el Calvario. María, en cambio, cooperó en el evento mismo; de esta forma, su cooperación abarca la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Solamente ella estuvo asociada de esta manera con el sacrificio redentor que mereció la salvación de la humanidad, como la nueva Eva asociada del nuevo Adán». Según Jean Galot, S.J., reconocido teólogo de Roma, «María fue rescatada únicamente por Cristo, para que toda la humanidad fuera rescatada por Cristo con la colaboración de su Madre...».

¿Esta doctrina no se opone al dogma de Cristo como único mediador entre Dios y los hombres? ¿No pondría a María en un nivel de igualdad con Jesucristo?

No, definitivamente no hay ninguna oposición. Cuando la Iglesia católica da a María el título de «Corredentora», de ninguna manera sitúa a María en un nivel de igualdad con Jesucristo. La enseñanza papal, cuando se refiere a esta singular participación de María en la Redención, entiende que se trata  de una participación totalmente subordinada y dependiente de la única mediación de Jesucristo. El prefijo «co» no significa «igual a» sino «con». Así, «Corredentora» significa «la que redime junto con». La suficiente, plena y única mediación de Jesucristo puede permitir que otros participen subordinadamente en ella. Así, la mediación de María no contraría, sino que manifiesta la verdadera gloria y poder de la mediación de Cristo de forma inigualable.

¿Existen fundamentos bíblicos o doctrinales para apoyar esta afirmación?

Sí los hay, y muchos. La doctrina ha sido ampliamente aceptada prácticamente desde los principios de la cristiandad, y a lo largo de toda su historia por parte de  muchos teólogos y santos. Encontramos afirmaciones especialmente claras en san Ireneo (S. II), Modesto de Jerusalén (S. VII), san Juan Damasceno (S. VIII), san Bernardo de Claraval (S. XII), san Buenaventura (S. XIII). También los encontramos en santos como santa Teresa de Lisieux, san Maximiliano Kolbe, santa Gema Galgani, santa Edith Stein, san Josemaría Escrivá, el santo padre Pío, sor Lucía —la vidente de Fátima—, y la madre Teresa de Calcuta, que decía: «Por supuesto que María es Corredentora. Le dio a Jesús un cuerpo, y su cuerpo fue el que nos salvó».

Los encontramos también, cada vez con más insistencia, en la enseñanza de los papas. Han usado el título de Corredentora León XIII, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII. Juan Pablo II lo usó en al menos 6 ocasiones. En un discurso en el santuario mariano de Guayaquil, en 1985, afirmó que «...su papel como Corredentora no cesó con la glorificación del Hijo». En otra ocasión, en la fiesta de la Inmaculada Concepción, antes de ser Papa, dijo que «para poder ser Corredentora primero tuvo que ser la Concepción Inmaculada».

El concilio Vaticano II, aunque evitó emplear el título de Corredentora, confirmó la doctrina que implica y afirmó que, con las debidas reservas, el empleo del título es legítimo.

También existen fundamentos bíblicos: el Evangelio habla claramente de la responsabilidad del hombre en la salvación. En el libro del Génesis, cuando Dios dice a la serpiente: «ella te aplastará la cabeza», la expresión puede ser atribuida tanto a la descendencia de la mujer como a la mujer misma, que en este caso sería María. En la historia de Abraham encontramos que la «bendición a todas las naciones» dependió en alguna forma del acto libre de Abraham. Si esto se puede afirmar de Abraham, con mayor razón se puede decir de María, que también entregó a su Hijo y participó plenamente en su pasión.

¿Existe algún impedimento o inconveniente para declarar esta doctrina como dogma?

Básicamente son dos:

1. El problema teológico de que Cristo es, por dogma de fe, el único mediador entre Dios y los hombres; pero ya hemos visto que la corredención de María no se opone a esta creencia.

2. El problema del ecumenismo. Algunos piensan que la declaración de este dogma podría causar mayor alejamiento entre los enemigos de la veneración a María.  Sin embargo, muchos otros piensan que podría tener el efecto contrario, ya que la articulación precisa de la doctrina aseguraría a otros cristianos que los católicos distinguimos adecuadamente entre la participación de María y la obra redentora de Cristo. Por otro lado, la enseñanza papal nos dice que la unidad cristiana sólo se puede alcanzar por la aceptación del contenido total de la verdad, y la posibilidad de que existan malentendidos no puede impedir que se declare una verdad tan importante como un dogma.

La declaración del dogma, ¿traería algún beneficio para la Iglesia?

Según sus partidarios, traería muchos. Aparte de la clarificación doctrinal necesaria para evitar malentendidos en el diálogo ecuménico, se dice que:

La definición de un dogma va siempre acompañada de una efusión de gracias. En este caso, incrementaría y libraría de errores la devoción a María y aumentaría nuestra disposición para recibir las gracias que Dios quiere darnos a través de ella, y eso podría iniciar el triunfo de Nuestra Santísima Madre sobre Satanás, profetizado en Génesis y en Fátima. María, al igual que Dios Padre, está limitada por nuestra libertad y necesita nuestra «autorización» para ejercer en plenitud su poder mediador. Estas gracias incluirían la de una auténtica unidad cristiana. La declaración de este dogma confirmaría, además, la doctrina sobre la libertad humana y la responsabilidad del hombre en la salvación.

También sería una aportación a un sano feminismo católico, pues hablaría de un único «sacerdocio femenino de María», por encima de cualquier otro, por haber hecho posible la Redención, y que tendría una semejanza en cualquier madre que puede intervenir en que sus hijos reciban todas las gracias, incluyendo la vida y la redención, y, por lo tanto, convertirse en co-causa de todos los bienes.

Habiendo tantos argumentos a favor, ¿por qué no se ha declarado el dogma?

La definición de un dogma es una tarea delicadísima. Su promulgación obliga a todo católico a aceptar completamente sus verdades y a vivir en consecuencia. Exige, por lo tanto, un conocimiento perfecto del tema y una precisión quirúrgica en los conceptos y en las palabras que sólo se alcanza con la inspiración del Espíritu Santo. El concilio Vaticano II, aunque ha aceptado el uso del título de Corredentora, indica la necesidad de una mayor clarificación y desarrollo teológico, para completar la doctrina sobre María. Los Papas, por tanto, aunque puedan estar de acuerdo con el nombramiento dogmático de María como Corredentora, Mediadora de Todas las Gracias y Abogada, están esperando la moción del  Espíritu Santo para llevarlo a cabo.


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