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VIGÍA
Para muchos mexicanos —no sé que porcentaje de nuestra población actual— la Cristiada es un tema nebuloso y debatible, desgajado del tronco ordinario de la historia del país…
Por Javier Algara / San Luis Potosí
Para muchos mexicanos —no sé que porcentaje de nuestra población actual— la Cristiada es un tema nebuloso y debatible, desgajado del tronco ordinario de la historia del país, objeto de la afición de algún geek medio excéntrico. Estudios como el de Jean Meyer han logrado mantener la curiosidad de un sector selecto de la población sobre el tema, pero se puede percibir que no es algo que despierte emociones generalizadas ni entre la población en general, ni entre los católicos. Antaño, la ACJM y otros grupos vinculados con la Acción Católica mantenían cierto fervor religioso entre la muchachada gracias a que, precisamente, todavía tenían a la Guerra Cristera como un referente histórico cercano.
¿Qué disminuyó el interés? No falta quien diga que la Cristiada ha sido un asunto deliberadamente silenciado por el gobierno y la misma Iglesia, dadas las implicaciones políticas que el tema podría conllevar.
¿Valdrá la pena resucitar el tema? Yo pienso que sí. Hablar abiertamente de la Cristiada en México es, desde la perspectiva cristiana, hablar de los mártires, muchos de los cuales ya han sido reconocidos por la Iglesia como ejemplo para los creyentes. La muerte les pareció un precio barato a pagar por su integridad y la fidelidad a su fe en Cristo y los valores evangélicos. Su grito de guerra, «Viva Cristo Rey», que frecuentemente antecedió a su muerte inocente en el paredón, en la coyuntura actual de la historia de nuestra nación, de corrupción rampante y violencia, donde la integridad a toda prueba debe ser el asset ciudadano más valioso, resultaría un motivador potentísimo.
Resucitar el asunto de la Cristiada responde no únicamente a la necesidad mexicana de conocer objetivamente su historia, sino porque es urgente reposicionar a Cristo como Rey, haciendo de Él el centro de nuestra lucha diaria por ser personas —ciudadanos— justas, honestas, tolerantes, respetuosas… virtuosas. Y para ser discípulos y misioneros.
Claro, hay que estar conscientes de que en una sociedad que vive bajo el señorío del relativismo y sus secuaces, los cristeros del siglo XXI también se verán a veces en la necesidad de pagar un precio de sangre por su fe en Cristo Rey. |