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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 23 de Noviembre 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

Image A menudo se ha llegado a creer (Nietzsche lo creyó toda la vida) que el cristianismo es para gente con alma de atole, cuando la verdad es que es el Reino necesita almas de fuego.

Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí

Cuando Jesús vino al mundo, como se sabe, Palestina —su patria— se hallaba bajo el poder de los romanos. En el año 63 a. C. Pompeyo había tomado Jerusalén y desde entonces comenzó un periodo de ocupación que en el año cero aún no terminaba. Ahora bien, las reacciones que suscitó entre los judíos esa inesperada presencia pagana eran de lo más variadas, y nos es posible conocerlas gracias a los historiadores de la época; en general, puede decirse que éstas fueron fundamentalmente cuatro:

1)  La aceptación. Era, por ejemplo, la actitud de los saduceos, el grupo aristocrático-sacerdotal del país. A ellos la ocupación romana les había hecho, por decir así, lo que el viento a Juárez. Seguían siendo ricos, se les habían respetado sus innumerables posesiones, y, por tanto, podían convivir pacíficamente con el enemigo. El pueblo los despreciaba, acusándolos de colaboracionistas, pero a ellos lo mismo les daba. Constituían, en aquella sociedad cerrada, algo así como la extrema derecha.
 
2) El desprecio. Era la actitud de los fariseos. Ellos, en vez de pactar o de colaborar con los invasores, habían decidido refugiarse en el cumplimiento de la ley en espera de que Dios suscitara pronto un Mesías que los vengara de todos los oprobios padecidos. No era infrecuente que un fariseo, al ver pasar a un romano, lanzara un escupitajo al suelo en señal de desprecio, aunque de allí no pasaba la cosa. Eran piadosos; la piedad, para ellos, era la mejor defensa contra los ataques de los paganos. El pueblo los respetaba e incluso los estimaba; no eran ricos (¿cuándo se ha visto que los piadosos, los verdaderamente piadosos lo sean?), pero de entre ellos habían salido los maestros más ilustres del país. Políticamente hablando, se hallaban en el centro.

3) La fuga. Era la actitud de los esenios, judíos que decidieron huir del mundo para refugiarse en un monasterio a orillas del Mar Muerto en el que hacían vida comunitaria. A ellos, como a los saduceos, la ocupación romana los tenía sin cuidado, aunque por otras razones. Vivían el celibato -¡cosa rarísima entre los judíos!-, practicaban la comunidad de bienes y se entregaban en cuerpo y alma al culto religioso y a la meditación de la Palabra de Dios. No ejercían ningún tipo de influencia política, si bien se calcula que, en tiempos de Jesús, esta secta había llegado a reclutar a unos 4,000 adeptos.

4) La resistencia armada. Era la actitud de los llamados zelotas, o celosos, que eran como los terroristas de aquel entonces. Ellos ni pactaban con el enemigo, ni lo toleraban, ni huían de él, sino que lo agredían al menor descuido empuñando las armas y lanzando gritos guerreros. Según una elocuente expresión, eran los guerrilleros de Elohím, la ETA de aquel entonces, los kamikazes de Israel.

Aunque Oscar Cullman, un gran estudioso de las Sagradas Escrituras, demostró perfectamente que Jesús no fue de ningún manera un zelota, como han pretendido algunos —en realidad, Jesús no perteneció a ninguno de los grupos arriba mencionados—, deja bien en claro que por lo menos algunos de sus discípulos sí lo eran, o lo habían sido, o por lo menos no les habría repugnado serlo. Y de esto, me parece, es necesario sacar por lo menos una consecuencia.

«Es hoy aceptado por todos los científicos —escribe el padre José Luis Martín Descalzo en su Vida y ministerio de Jesús de Nazaret— el hecho de que en el grupo de Jesús había algunos apóstoles que eran, o habían sido, zelotas. Es claro el caso de Simón, a quien Lucas (6,15) llama el zelota... Igualmente se acepta hoy como probable que el apellido de Judas el Iscariote no debe traducirse, como antes se usaba, como el hombre de Karioth (nombre de una ciudad que nunca ha existido), sino que debe interpretarse como una transcripción griega de la denominación latina sicarius con la que se llamaba al grupo más radical de los zelotas, por su costumbre de atacar con un puñal curvo, de nombre sica. El mismo apodo de Pedro, Bariona (traducido anteriormente como hijo de Juan o de Jonás), es interpretado hoy como derivado de una expresión acádica que habría que traducir por terrorista o hijo del terror, versión que concuerda con el hecho de que Pedro (un pescador)  lleve una espada a una escena entre amigos y que sepa manejarla con rapidez y eficacia. Es también posible que el apodo de hijos del trueno que se da a los hijos de Zebedeo (Santiago y Juan) no sea otra cosa que un apodo guerrero».

Cuando Jesús es aprehendido en el Monte de los Olivos, Pedro saca un puñal y corta la oreja a uno de los soldados del sumo sacerdote; ahora bien, ¿qué hacía el buen Pedro con un puñal entre la túnica y el manto, y, sobre todo, inmediatamente después de haber estado en la última cena? ¿O es que había participado en ella armado?

Por lo que se sabe, entre los discípulos del Señor no había saduceos, ni fariseos, ni mucho menos esenios; así pues, todo parece indicar que en el grupo de los doce no había sino personas de dos clases: o zelotas, o gente sin filiación política alguna, aunque lo más probable es que hubiera más de los primeros que de los segundos. Y esto, como decíamos hace un momento, es de capital importancia, porque quiere decir que Jesús no se avergonzó en llamar a personas con caracteres violentos, fuertes y decididos. Ignoro si en nuestros seminarios, en nuestros grupos o en nuestras parroquias habría hoy lugar para esta clase de hombres. Pero debería haberlo, pues en el grupo de Jesús lo hubo. Y fue gracias a este carácter, a esta «violencia» de los discípulos que en poco tiempo se expandió la Iglesia por el mundo entero. ¿Sería viendo a los ojos de estos hombres que Jesús afirmó que «el reino de Dios sufre violencia y sólo los violentos lo conquistarán»? Es probable; es, incluso, bastante probable.

A menudo se ha llegado a creer (Nietzsche lo creyó toda la vida) que el cristianismo es para gente con alma de atole, cuando la verdad es que es el Reino necesita almas de fuego.

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