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ENSAYOS CRISTIANOS
Resulta que hoy se escriben libros para decirnos que no son necesarios los libros...
Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí
¡Época paradójica, la nuestra! Resulta que hoy se escriben libros para decirnos que no son necesarios los libros, y, de esta manera, es necesario leer para enterarnos de que uno de los derechos del hombre posmoderno es precisamente el de no leer.
«Leer es un camino, entre los muchos que hay... Leer es sólo un camino», afirma Juan Domingo Argüelles en un libro plagado de nombres de autores y citas de libros. Ahora bien, si él ha leído tanto (no nos engaña: se ve a las claras que lo ha hecho), ¿por qué quiere convencernos de que leer no es tan importante, después de todo?
Una vez, según cuenta Diógenes Laercio en Historia de los más ilustres filósofos griegos, un hombre se puso a recorrer los caminos de Grecia predicando la bondad del suicidio; pregonaba a voz en grito: «Ciudadanos, ¡da lo mismo vivir que morir, da lo mismo vivir que morir!». Como no eran pocos los que oyendo semejante enseñanza se arrojaban al mar o se despeñaban de los acantilados, un afligido padre de familia se acercó al hombre y le preguntó: «Si da lo mismo vivir que morir, ¿por qué demonios no te mueres también tú, desgraciado?». «Porque da lo mismo», respondió el filósofo.
Como este hombre, muchos sociólogos de la lectura andan diciendo hoy en libros y revistas que da lo mismo leer que no leer, pero ellos sí que leen. Ahora bien, si da lo mismo una cosa que la otra, ¿por qué no dejan de leer ellos también?
En 1994, Nicholas Negroponte, el gurú más entusiasta de las nuevas tecnologías informáticas, publicó un libro titulado Being Digital (o sea, Ser digitales) en el que anunciaba con gran satisfacción que la era del libro había llegado a su fin porque éste estaba hecho de átomos y lo de hoy eran los bites, etcétera. No obstante, lo curioso del caso es que, para alegrarse de la muerte del libro, haya tenido precisamente que escribir un libro. ¿No es paradójico, o, mejor dicho, no es fariseo?
Contra los libros suele decirse que apartan de los demás, pues la lectura es un asunto solitario (como si la navegación en Internet no lo fuera), que para que la gente lea necesita más tiempo libre del que ahora tiene, así como unas condiciones socioeconómicas más benévolas, etcétera. Y todo esto es verdad, sin duda. Pero, siendo realistas, si tenemos que esperar para decidirnos a leer a que nuestro jefe nos deje salir antes de la oficina de manera que podamos proseguir la lectura de la última novela de José Saramago, por ejemplo, ya podemos esperar sentados. Si Kafka hubiera esperado el advenimiento de mejores condiciones socioeconómicas para ponerse a escribir, ya nos imaginamos lo que hubiera sido de este modesto y atormentado vendedor de seguros.
Hay que ser realistas: los libros se escriben y se leen a hurtadillas, entre un memorándum que hay que redactar y dos oficios que hay que expedir; entre una clase que hay que impartir y un plano que hay que terminar. Así es porque así ha sido siempre, y mucho me temo que así continuará siendo.
Estos artículos, por ejemplo –que llevan ya más de cinco años apareciendo en El Observador-, han sido escritos casi todos entre las 12 de la noche y la 1 de la madrugada, hora en la que se supone que ya debería estar dormido. Pero no lo lamento. Sé que si esperara más ocio y unas condiciones socioeconómicas más benévolas aún estaría esperando para escribir el primero.
Un hombre que sabía leer tanto como escribir, y que hacía muy bien ambas cosas, el francés Jean Guitton (1901-1999), dejó escritas en una de sus obras las siguientes palabras referidas al trabajo intelectual: «Las condiciones más favorables no son siempre las mejores, tal es el derroche que el hombre hace de aquello que posee en abundancia. ¿Cómo se explica que los universitarios, cuyo oficio es dedicarse a pensar o a escribir, produzcan obras menos duraderas que esos aficionados que escriben a hurtadillas, a manera de recreo? Maurois era industrial; Duhamel, médico; Valéry, en la época de su mejor labor literaria, empleado de la agencia Havas; Claudel, un diplomático que habría podido decir que la poesía no le tomaba más tiempo que la plegaria o la respiración; Thibon era agricultor; Guillaumin, un campesino que labraba la tierra y recogía la cosecha... Spencer era ingeniero; Cournot, rector; Maine de Biran (ese meditativo puro), subprefecto y diputado».
Pero los ejemplos aún no acaban. He aquí lo que Sándor Márai escribió de su amigo Deszö Kostolányi (1885-1936), ese gran novelista húngaro al que habría que considerar como uno de los más importantes del siglo XX: «Kostolányi, cuando terminaba con la lectura cotidiana, una tarea todavía más importante que la de la escritura, escribía siempre algo, con tinta verde, con rapidez. Todos los días producía un artículo interesante, una crítica teatral, una estrofa de un poema, una página de una novela. O bien traducía… Y todo lo que escribía era invariablemente perfecto. No sólo lo obligaba a ser perfecto un impulso grandioso, sino porque no tenía el tiempo necesario para pulirlo» (¡Tierra, tierra!). Sí, sí, exactamente así es como se hacen las cosas.
Es en medio del tráfago que se espera con avidez la bendición de la media hora de lectura cotidiana; es en medio de las cosas que hay que preparar cuando se escriben las mejores páginas. Y no hay que pedir más, pues es un hecho psicológico comprobado que entre menos tiempo se tenga a disposición, más clara será la escritura, y más concentrada la lectura. ¡Lo exigen las circunstancias!
Leer es un camino. Un camino entre muchos caminos. Pero por más que nos digan que hay otros, siempre será uno de los caminos más bellos. |