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CON PERMISO
No, no aspiro a la inmortalidad... aspiro a la eternidad...
Por Miguel Aranguren
En algunos rincones de Andalucía, esa región tan luminosa del sur de España, se vive el mes de noviembre con cierta prevención. La muerte y toda la parafernalia que la rodea despierta inquietudes, miedos ancestrales y hasta ritos supersticiosos que tienen que ver con una débil formación cristiana, al contrario que en México, en donde la muerte parece una fiesta de piñatas y muñecos evocadores de un futuro fantasmal que, también, evoca supersticiones y ritos paganos. En ambos casos, sin embargo, no deja de reflejarse la realidad última del hombre, ese destino inquietante que para algunos termina bajo unos metros de tierra.
La vida sería poca cosa si su destino fuese un agujero repleto de gusanos, si nuestros afanes nobles y nuestras miserias no tuviesen otra vocación que la del osario y la reducción por falta de espacio en los cementerios. Desde luego, yo no he nacido ni vivo para acabar mis días en un cajón de madera, por más que no aspire a la inmortalidad. No, no aspiro a la inmortalidad y, sin embargo, estoy persuadido de que mi futuro no se descompondrá en las entrañas de un camposanto. Aspiro a la eternidad, que es algo distinto, una purificación que elevará mis limitaciones a un estado de perfección que se justifica en las promesas de Cristo y, sobre todo, en su propia Resurrección. Jesús es el nuevo Adán, es decir, la nueva configuración del hombre. La tradición sitúa la cruz del Calvario sobre los huesos del mismísimo primer hombre que habitó la tierra, aquel que traicionó el pacto con Dios y sobre el que recayó en él y en su universal descendencia el castigo del cansancio, de la enfermedad, de las imperfecciones y de la muerte. Y es justamente sobre esa calavera donde echa raíces el castigo del que nos vino la salvación, una salvación total, plena, por la que Cristo padece todos nuestros dolores, la totalidad de nuestra muerte, para darnos la vida, la auténtica vida, que no es la inmortalidad —repito— en este mundo caduco sino la eternidad en una tierra y un cielo renovados.
Este mes de noviembre, volcado en las postrimerías, se convierte en una ocasión propicia para buscar a la muerte su verdadero rostro. Tal vez debamos volver a la devoción de los primeros cristianos por sus muertos, que hablaba de la seguridad de su intercesión ante Dios así como del encuentro futuro en una Jerusalén celeste. Es decir, los fallecidos eran los abanderados, los primeros en gozar de las promesas de todo lo que Jesús nos ha ganado gracias a sus planes de redención. Y por eso la oración por los difuntos era una constante, convencidos de que la Iglesia (la comunidad de los fieles) no está formada sólo por los que habitamos las encrucijadas del mundo (Iglesia militante) sino por quienes han alcanzado la gloria del Cielo (Iglesia triunfante), así como por los que todavía deben purificar sus méritos (Iglesia penitente). De este modo, rezar por los muertos no tiene nada que ver con la superstición y se convierte en un acto de caridad extrema y de justicia, así como buscar su intercesión en el mejor de los reflejos de la Comunión de los Santos, confirmación de que la Iglesia es un cuerpo vivo, de que no ha existido ni existirá jamás un cristiano solo. |