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ENSAYOS CRISTIANOS
¡Los católicos nos quejamos de los malos libros que se publican aquí y
allá, pero dejamos que a nuestros tesoros se los coma el polvo!
Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí
Observo a la mujer que está frente a mí. Ha tomado un libro del estante y lo hojea con atención; de pronto, sonríe. ¿Qué leyó que le caído tan en gracia? Trato de ver el título del libro y tras muchos cabeceos lo consigo.
-¡Mira qué libro más bueno! –dice la mujer a la que imagino debe ser su hija: una muchacha de largas trenzas rubias que inmediatamente reclina la cabeza sobre el hombro de la mujer y se pone a leer con la misma emoción que ella.
¡Dios mío!, pienso, ¿cómo puede alguien entusiasmarse con semejantes obras? Y, sin embargo, nuestras librerías casi no venden otra cosa: El último cátaro, El penúltimo albigense, El antepenúltimo templario; es decir, basura. Tomo uno de esos libros y leo en la contraportada: «1215. Un monje es asesinado en la abadía de X. ¿Cuál es la causa de tan horrendo crimen? Todo parece indicar que fue un poderoso príncipe de la Iglesia romana quien empuñó el cuchillo para acabar con este testigo. Sí, porque la víctima sabía… He aquí una novela que hará temblar a la jerarquía católica y conmoverse desde sus cimientos al mismo Vaticano». ¿Qué es lo que la víctima sabía? No lo sé, y como tampoco me interesa saberlo, dejo el libro donde estaba.
Mientras recorro los pasillos de la librería me invade la nostalgia por un sueño que nunca se me ha hecho realidad: ver, en edición de bolsillo, los mejores libros católicos que se hayan escrito nunca. ¡Ah, si los que vienen a esta enorme tienda pudieran tener al alcance de la mano la Vida de Jesús de François Mauriac! Pero no, a lo más que pueden aspirar estos cristianos anónimos es a llevarse, para no gastar demasiado, la última novela negra de Paco Ignacio Taibo II, la última historia de vampiros de Anne Rice y el último horrendo thriller de Stephen King.
De pronto, siento rabia contra los editores católicos. ¿Qué hacen que no se les prende el foco? ¡Ah, si un ciudadano de a pie pudiera encontrarse a la vuelta de un pasillo como éste las Memorias improvisadas de Paul Claudel! Pero no, nada de esto se encontrarán las dos mujeres a quienes sigo con la mirada para ver qué se llevan.
Mientras continúo avanzando por el establecimiento, pienso en los títulos que me gustaría ver aquí en edición económica: El testamento del Señor, de Romano Guardini, o quizá, de este mismo autor, Verdad y orden, su bellísimo homiliario. ¿Por qué no las Cartas abiertas de Jean Guitton y tal vez su Jesús, libros éstos injustamente ignorados por nuestros olvidadizos editores?
¡Chesterton! Sobre todo, no hay que olvidar a Chesterton, de quien yo publicaría, para empezar, La esfera y la cruz, Herejes y Lo que está mal en el mundo. Es claro que de François Mauriac no sólo publicaría yo la Vida de Jesús, sino también sus Pequeños ensayos de psicología religiosa y sus Memorias interiores. ¿Por qué no, igualmente, sus Bloc-notes? ¡Por supuesto, también algunos sermones de San Agustín y de San Juan Crisóstomo!
Hermano Francisco de Julien Green sería igualmente una buena opción, así como el epistolario de Flannery O’Connor y los diarios de Léon Bloy. Ahora que lo pienso, de Léon Bloy bien podría publicar la antología de sus escritos que él mismo hizo y que luego publicó con el título de Páginas escogidas; o, si no, esa antología mucho más amplia que en honor suyo hicieron Jacques Maritain y su esposa Raïsa, sus ahijados queridos, y al que pusieron el mismo título del anterior.
¿Y los diarios de Thomas Merton? ¡Ah, con que se publicara al menos La montaña de los siete círculos! Pero sus diarios no son de despreciar; El signo de Jonás, por ejemplo, estaría bien. ¿Y los Discursos edificantes de Sören Kierkegaard? ¡Pecado: casi nadie los conoce! ¿Y el diario del padre Auguste Valensin? Ah, no serían pocos los que lo leerían con el corazón herido.
Sigo avanzando por la librería. Pero ahora ya no veo, sólo pienso. ¡Cuánto darían muchos cristianos por poder leer el Diario de un cura rural de Georges Bernanos! Sin embargo, sus Diálogos de carmelitas no se quedan nada atrás. ¡Y La alegría! Pero mucho me temo que se irán de este mundo sin siquiera haberlos visto de lejos, como los profetas del Antiguo Testamento al Mesías.
El mundo, la carne y el padre Smith de Bruce Marshall también merecería formar parte de esta colección imaginaria, así como su bellísima novela El milagro del padre Malaquías, que no le pide nada a aquélla. ¿Y Silencio de Shusaku Endo, el gran escritor japonés? De él también publicaría, sin embargo, Cuando silbo…, que, para mí, es quizá su novela más bella.
¡Los católicos nos quejamos de los malos libros que se publican aquí y allá, pero dejamos que a nuestros tesoros se los coma el polvo! Sigo recorriendo la librería y pienso que si tuviera dinero para hacerlo, haría imprimir inmediatamente tales libros, y muchos otros más, para ponerlos al alcance de estas manos que se mueven sin buscarlos porque nada saben de su existencia. Sí, ya sé que hay editoriales que siguen publicando uno que otro libro de Chesterton o de Bernanos, pero en ediciones tan caras y tan raras que sólo los ricos podrían permitírselas, y de lo que se trata es de que un pasajero a punto de abordar el avión o de subir al autobús pueda meterse en el bolsillo un libro de Charles Péguy o de Gustave Thibon.
Los católicos solemos juzgar severamente a los que leen, por ejemplo, El código Da Vinci; pero, ¿qué otra opción les queda? ¡Después de todo, allí no hay más cera que la que arde!
Con dolor hemos de confesar lo siguiente: que los católicos nos hemos limitado a prohibir olvidándonos de que también era necesario producir. Y, así, enojado, pago lo que acabo de comprar y me voy. Bajo mi brazo va el último libro de Fernando Savater porque no pudo irse conmigo el diario de Charles du Bos. |